LA HUELLA DE ROMA EN LA POLÍTICA Y LAS INSTITUCIONES


Europa –Occidente en su conjunto– es heredera directa, y también deudora, de la antigua Roma (aunque ésta, nunca hay que olvidarlo, lo sea a su vez de la Grecia clásica). Desde que el Imperio romano sucumbió, las naciones que se han visto con suficiente fuerza para ello han procurado reproducir aquella unidad política en el Viejo Continente: Carlomagno y Carlos I de España, por ejemplo, se autocalificaban como césares. Por tanto, no es de extrañar que aún en nuestros días perviva esa intención. ¿O fue una casualidad que el tratado por el que se constituyó el germen de lo que hoy es la Unión Europea se firmara precisamente en Roma? La respuesta sólo puede ser negativa.

Muchos países deben su nombre a la mente romana. Hispania es un caso evidente. Ocurre igual con muchas de las fronteras, que permanecen casi inalterables desde que las legiones y la administración romanas establecieran los límites del Imperio y sus provincias. Es más, el propio término de Imperio no se entendería de no ser por Augusto, quien puso fin a la época republicana. Pero, ¡alto!, la palabra república procede a su vez de res publica, expresión que sigue usándose con frecuencia y que indica la cosa pública, lo que afecta a todo el pueblo... Y así podríamos continuar hasta la extenuación.

Cuantos conceptos políticos manejamos hoy ya existían hace 2.000 años, aunque con variaciones. Un proletarii de entonces no era lo mismo que un proletario visto desde la óptica de Marx, ni nuestro sistema electoral tiene los mismos mecanismos que aquellas asambleas (comitia) de las cinco clases económicas de la urbe, ni tampoco las funciones del Senado de la época se corresponden con las actuales (ya quisieran éstas). Sin embargo, aunque sólo sea terminológicamente, aquel mundo sigue vigente: sufragii, lex, plebiscitum, princeps, nobilitas, plebe, edil, Capitolio... Había también campañas electorales y hasta Cicerón escribió un didáctico Manual del candidato, que debería ser leído por muchos de nuestros políticos.

Mención aparte merece el Derecho Romano, asignatura que sigue impartiéndose, y considerándose fundamental, en las universidades europeas. Creación genuinamente romana, es la piedra angular del sistema jurídico que impera hoy en el continente –Gran Bretaña es otro cantar– y, para confirmarlo, los aforismos latinos salpican los legajos y alegatos del siglo XXI.

Por último, es inevitable reflejar la manipulación perversa que las dictaduras y las ideologías fascistas han hecho de la simbología romana desde la primera mitad del siglo XX. Las fasces, el saludo con la mano en alto, las coronas de laureles, los arcos triunfales, han sido utilizados de forma traidora para adornar unos pensamientos vacíos de contenido. Evidentemente, los energúmenos nazis no tienen ni la más remota idea de lo que están haciendo, ni de dónde proceden esos signos en realidad.

Fuente: extracto de un artículo publicado por Javier Lorenzo en el suplemento Magazine del diario El Mundo, 22 de febrero de 2004

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