COMENTARIO de HAROLD BLOOM al "ULYSSES" de TENNYSON


"[...]Más o menos próximas a la apasionada meditación de Tennyson, encontramos otras versiones del mito de Ulises: desde la Odisea, de Homero, hasta la del "Infierno", de Dante, la de Troilo y Crésida, de Shakespeare, y la de Milton, que en los primeros libros de El paraíso perdido transforma a Ulises en Satán.

Alusivo y lleno de elementos contrapuestos, el «Ulises» de Tennyson es de una elocuencia inolvidable y muy accesible a la memorización, acaso porque hay en muchos lectores algo que se deja tentar por la posibilidad de identificarse con el equívoco héroe, figura permanente y central de la literatura occidental.

La ambivalencia, que Shakespeare llevó a la perfección, hace surgir en nosotros sentimientos muy intensos -positivos y negativos a un tiempo- hacia otro individuo. Tennyson afirma en su «Ulises» que debemos aceptar los avatares de la vida y seguir adelante, y ello pese a la extraordinaria pena del poeta por la muerte temprana de su mejor amigo, Arthur Henry Hallam, pena que lo acompañó durante toda su existencia. Gran parte de la mejor poesía de Tennyson consiste en elegías dedicadas a Hallam, entre ellas «In Memoriam» y «Morte d’Arthur». No obstante, hay una gran ambivalencia en el monólogo de Ulises, que comienza con lo que se nos antoja un áspero retrato del hogar, la esposa y los súbditos a quienes ha regresado después de tantas peripecias.

[...] Da la impresión de que este último reproche es el centro del malestar de Ulises y trasciende tanto la decadencia física de la fiel Penélope, recordada con tan poca galantería, como la escasamente convincente desazón por tener que imponer y aplicar leyes inicuas, pues, si quisiera, las podría cambiar. La tosca población de Itaca no conoce la grandeza y la gloria de Ulises, en su propia opinión, únicos rasgos capaces de definirlo. Sin embargo, qué soberbia expresión de descontento memorable constituyen esos cinco versos iniciales! ¡Cuántos hombres maduros, a lo largo de los siglos, no han reflexionado en ese tono, heroico para ellos, pero no necesariamente para los demás! Claro que Ulises, por egoísta que sea, tiene el don de la elocuencia y lo que viene a continuación no tarda en modificar nuestra respuesta negativa o muda. [...] Al lector se le ofrece la posibilidad de la identificación heroica, y encuentra muy dificil resistirla. El éthos aquí profetiza la coda de Hemingway: vivir la vida propia hasta agotarla, si bien los toreros y los cazadores apenas pueden competir con semejante héroe de héroes. El lector advierte que Ulises habla de «aquellos que me amaban», pero no de aquellos a quienes amaba o ama. Cuánto conmueve, sin embargo, leer «me he ganado un nombre», porque cualquier juicio de egoísmo desaparece cuando reflexionamos en que ese nombre es Ulises, grávido de innumerables evocaciones! «Antes que menosprecio obtuve honra» pierde los estigmas para fundirse en «soy parte de todo cuanto he tenido ante mí». Este verso de palabras cortas (en inglés son todas monosílabas, «I am a part of all that I have met») distribuye sus énfasis, de modo que los dos verbos en primera persona (en inglés llevan el pronombre I, «yo») quedan atenuados en parte por el «todo» que el buscador ha perseguido y encontrado. En la ironía «Como si respirar fuera vivir» resuena un vitalismo shakespeariano, un eco del temerario espíritu de Hamlet. El que habla aquí es un anciano, pero lo hace rechazando la sabiduría de la vejez. El poema nos está conduciendo al filo de un viaje postrero, no profetizado por el misterioso Tiresias cuando, en la Odisea, XI, 100-152, augura al héroe que morirá «rico y anciano,/rodeado de la bendita paz de tus gentes». La fuente de Tennyson, tan contraria en espíritu a este monólogo dramático, es el canto XXVI del «Infierno», de Dante, donde se pinta a Ulises como un transgresor a causa de su deseo de ir en busca de lo desconocido. El Ulises de Dante no termina su larga permanencia junto a la hechicera Circe para volver a Itaca y a Penélope, sino para navegar allende los límites del mundo conocido e irrumpir desde el Mediterráneo en el caos del océano Atlántico. Dante tiene callada conciencia de la identidad entre el viaje que él ha emprendido en la Comedia y la búsqueda final de Ulises, pero -poeta cristiano- se ve obligado a situar al griego en el octavo círculo del infierno. Muy cerca está Satán, artífice del pecado de Ulises en tanto que consejero fraudulento. El Ulises de Tennyson lleva a cabo el enloquecido viaje final del pecador de Dante, pero no es un héroe-malvado. El Ulises victoriano descubre al victoriano paradigmático en su hijo Telémaco, a quien se diría que describe como un hombre sin personalidad. [...] El giro «muy querido» no convence demasiado, en especial si se lo compara con el poder expresivo de «Hace su trabajo, y yo el mío». El lector nota el alivio con que Ulises se aparta de su virtuoso hijo para dirigirse al fin a sus envejecidos marineros, que lo acompañarán en el viaje suicida. [...] La frase «La muerte todo lo acaba» está más en la vena de Hamlet que en la de Dante (o la de Tennyson), y su fuerza aseverativa crece cuando se yuxtapone a la extraordinaria sensibilidad de Ulises a la luz y el sonido.

[...] Tennyson termina su poema con otra colisión entre voces antitéticas, una de ellas universalmente humana («Aunque mucho se ha gastado, mucho queda aún») y otra que remite inconfundiblemente al Satán de Milton: «para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse». Satán hace una pregunta crucial: «Ser valiente es no rendirse ni someterse nunca:/ qué otra cosa es no sufrir derrota?». Dante -el más grande poeta católico- y Milton -el mayor poeta protestante- habrían hablado de rendirse a Dios, pero no cabe pensar que el Ulises de Tennyson, tras una vida de batalla contra el dios de los mares, fuera a someterse a ninguna divinidad. A la lectora y el lector, dondequiera que se sitúen en relación a Dios o a las posibilidades del heroísmo, la excepcional elocuencia de Tennyson no puede sino conmoverlos, por más escepticismo respecto de Ulises que el poema despierte en nosotros sutilmente. Algo se ha indicado sobre cómo leer la poesía sublime; pero ¿cuál es la razón para leerla? Los placeres de la gran poesía son muchos y variados, y para mí el «Ulises» de Tennyson es una fuente inagotable de deleite.

Sólo en muy contadas ocasiones -momentos raros, como el del enamoramiento- la poesía nos ayuda a alcanzar la comunión con los demás; pensar lo contrario es bello idealismo. La marca más frecuente de nuestra condición es la soledad. ¿Cómo poblaremos esa soledad, entonces? La poesía puede ayudarnos a hablar más plena y claramente con nosotros mismos, y a oír, como de pasada, esa conversación. De esta clase de conversaciones que parecen puramente casuales, Shakespeare es el maestro supremo: se oye hablar a sus personajes consigo como aquel que no quiere la cosa; sus mujeres y sus hombres son precursores nuestros, y también lo es el Ulises de Tennyson. Hablamos con una alteridad que hay en nosotros, o con lo que tiene de mejor y de más sabio nuestro ser. Leemos para encontrarnos, y en ese proceso a veces descubrimos que somos más profundos y más extraños de lo que creíamos."
Harold Bloom, "El canon occidental"

0 Comentarios: