CARTAGO: PINCELADAS DE UN PASADO GLORIOSO

Termas de Antonino
Puente entre Oriente y Occidente durante siglos, Cartago, la poderosa ciudad que hizo temblar a la mismísima Roma, muestra su historia en pleno corazón del Mediterráneo. Su influencia durante siglos en el entorno del ‘Mare Nostrum’ fue indiscutible. Aún hoy el espíritu de esa civilización fuerte y brillante se halla en las conciencias de sus gentes. Entre las ruinas, rodeado de turistas, cuesta imaginar que donde hoy se encuentran esas piezas, diseminadas sin más, hubo en su día una ciudad poderosa y temida.

Según Virgilio, Cartago fue fundada en el año 814 antes de Cristo por habitantes de Tiro que huían de las incursiones asirias. La nueva urbe tardó poco en extender su influencia comercial y sus territorios. En el siglo IV a. C. ya era rival de Roma y Atenas. Pero no todo fueron victorias: el intento de conquistar Sicilia se Mostrar todosaldó con una derrota. La epopeya de Aníbal cuenta los heroicos viajes cruzando los Pirineos y Los Alpes con 50.000 hombres, 9.000 jinetes y 37 elefantes logrando victorias hasta Capua.

La lectura previa de la historia y la imaginación ayudan a rememorar un pasado glorioso. Con el billete comprado para conocer los yacimientos, la visita puede comenzar por los vestigios púnicos. Los monumentos se encuentran bastante lejos los unos de los otros y no están muy bien señalizados. Aquí se esconde uno de los capítulos más terribles de la historia de Cartago: el tophet, conocido también como santuario de Tanit y Baal-Hamomon, el espacio de culto púnico más antiguo de la ciudad.

En él fueron sacrificados en piras sagradas durante siglos miles de niños, mayoritariamente de familias nobles, en honor al dios Baal-Hammon. Recogían sus cenizas en urnas y las enterraban bajo una estela. A lo largo de los siglos, éstas cambiaron de forma pero mantuvieron los dibujos, con trazos poco marcados en unos casos y significado religioso o mágico, sobre todo un disco solar coronado por una luna creciente que representa a Baal-Hammon o el signo de Tanit.

Después de las derrotas frente a Escipión —Hispania y Zama, en el 202—, la gran Cartago perdió muchas de sus posesiones y se replegó. Por poco tiempo. La ciudad seguía despertando recelos y durante un tiempo un senador romano, Catón, acabó sus discursos con un mensaje para su enemiga: «Cartago debe ser destruida». En un periodo en el que la ciudad tunecina estaba en guerra con un país vecino, Roma asedió de nuevo la urbe. Tras tres años de resistencia heroica fue tomada y arrasada.

La época púnica daba paso a la romana, con César, primero, y Augusto, después, en el poder. Se convirtió en la capital de la provincia romana de África. Pero al caer el Imperio, Cartago fue invadida por vándalos, bizantinos y árabes.

Son precisamente las termas de Antonino las ruinas más significativas de los monumentos romanos. Aunque fueron destruidas por los vándalos y sólo queda en pie la parte inferior y los sótanos, merece la pena detenerse en ellas.

La entrada conserva un gran encanto. Todavía se mantiene el trazado de las vías que llevaban hasta las termas. En el recorrido se pueden encontrar algunas vistas panorámicas maravillosas y en el jardín del yacimiento se pueden contemplar estelas púnicas y romanas; la capilla bizantina del siglo VII merece la pena. Llama la atención la columna frigidarium, de 15 metros de altura.

No muy lejos de las termas de Antonino encontraréis el teatro, en el que en julio y agosto se celebra un festival internacional.

Los que quieran ir un poco más allá en el conocimiento de la ciudad deben pasarse por el Museo Nacional de Cartago, situado en la cima de la colina Byrsa, donde muestran objetos cerámicos y funerarios de la época púnica y esculturas descubiertas en la colina, vasijas y lámparas de la etapa romana. Junto al museo se ve el Acropolium, catedral de estilo bizantino morisco, con forma de cruz latina. Aunque fue abandonada en los años 60, el gobierno decidió reconstruirla en 1990 a partir de las ruinas que quedaban.

El Museo Paleocristiano, oportunidad de acercarse al cambio urbanístico que sufre la ciudad, y el palacio presidencial de Cartago —atención a la hora de tomar fotos porque puede haber problemas con las autoridades— completan una oferta que supone una parada obligada en cualquier viaje a Túnez.

Como lo es Sidi-Bou-Said, pueblo cercano a Cartago con cierto aire ibicenco, que, al menos, requiere la atención del visitante durante unas horas. Este balcón sobre el mar en el que cualquier adjetivo es merecido, es quizá el pueblo tunecino más conocido. El blanco y el azul conviven en perfecta consonancia, los elementos arquitectónicos de las Cícladas y del Al- Andalus se dan la mano... Armonía en esencia.

Algo agobiante durante el verano, en primavera y otoño expone su cara más amable. No existe trayecto recomendable, lo mejor es perderse en sus callejones, merodear entre los edificios, siempre atento. La luz es un elemento que transforma constantemente cada rincón.


AMAYA G. ORTIZ DE JOCANO, Suplemento de viajes de EL Mundo, Enero 2005, nº 38