ISLAS EOLIAS (ITALIA) - EL DULCE Y TRÁGICO DESTINO DE ULISES

TOCADAS POR LA MAGIA MITOLÓGICA Y LA CÓLERA VOLCÁNICA, ESTE ARCHIPIÉLAGO PERDIDO EN LOS TIEMPOS DEL POETA HOMERO REÚNE TODA LA VARIEDAD DEL ENCANTO MEDITERRÁNEO: BLANCAS ALDEAS MARINERAS, BELLAS PLAYAS Y DULCES CAMPIÑAS. POR ESO FUERON LA MORADA DEL DIOS EOLO

Vista de algunas islas Eolias: Vulcano, Lipari, Salina y Panarea
Rugieron las profundidades y el magma estalló en pedazos dispersos por el mar Tirreno. Se enfadó la tierra y vomitó su furia y con ella se hizo trizas la isla mayor. Brotaron entonces de la nada siete enclaves dotados de hermosos cráteres, siete maravillas insulares dispuestas en forma de Y como las estrellas de la constelación de Orión. Esto sucedió hace 700.000 años. Después, el mito y la leyenda se encargaron del resto.

Dicen que fue Eolo, el dios griego de los vientos, quien dio su nombre a este archipiélago volcánico de la costa nordeste de Sicilia. Lo dicen los ecos poéticos de la Antigüedad encabezados por el propio Homero, el cantor por excelencia de aquellos avatares de los héroes trágicos que, siempre al término de viajes infaustos, arribaban a ínsulas de utopía, vírgenes aún de civilización.

Así cuenta el poeta que llegó Ulises, arrastrado por las corrientes de la vida, a estas islas que nos ocupan. Y en ellas Eolo lo acogió como un huésped para colmarlo de cuidados. Tantos, que incluso lo agasajó con un regalo cuando el hombre, antes exhausto y ya recuperado, decidió reemprender su viaje: un odre lleno de vientos que facilitarían el regreso a su patria... siempre que permanecieran encerrados. Sin embargo, ya en el barco, los necios compañeros de Ulises sucumbieron a la curiosidad: abrieron el odre antes de tiempo y se desató una feroz tempestad.

EL MAR GRANATE.

Poco queda hoy visible de este paso de Ulises por las Eolias, mientras la paciente Penélope tejía y destejía su mortaja. Sin embargo, un halo de misterio, de indescifrable secreto, sigue envolviendo a estas islas perdidas en el tiempo que fueron declaradas por la UNESCO, hace poco menos de una década, Patrimonio de la Humanidad.

No se sabe muy bien por qué, pero Lípari, Salina, Strómboli, Panarea, Vulcano, Alicudi y Filicudi tienen el don de lo auténtico. Tal vez se deba a su reciente apertura al gran público -no olvidemos que hasta los años 40 fueron cárcel para exiliados políticos- que las hace ajenas al turismo masivo. Aunque más bien es la magnética atracción de su paisaje, ese intacto encanto mediterráneo, lo que envuelve de magia al archipiélago.

Estas islas del viento, serenas y apacibles, condensan las propiedades que distinguen al sur italiano: las pintorescas aldeas marineras rabiosas de azul y de luz; el árido panorama volcánico con el espectáculo de las erupciones fortuitas; las campiñas plagadas de higueras, almendros y alcaparras; el impagable favor que le hace el sol a las viñas para que éstas devuelvan después el vino de Malvasía, dulce y generoso en grados.

Desde el puerto de Milazzo, en la costa tirrena de Sicilia, sólo un simple vistazo a ese mar que Homero veía «del color del vino» nos regala la silueta de las Eolias, bastantes próximas entre sí -están separadas por brazos que no superan los 17 kilómetros- y con los contrastes de altura de sus cientos de accidentes orográficos.

En el medio de todas, Lípari, que es la capital y la más grande -casi 38 km2-, y que debe su nombre al que fuera su primer rey, Líparo, que así rebautizó a la antigua Meligunis. Una isla que, aunque hoy permanece dormida, sufrió grandes periodos de actividad volcánica que sembraron en su paisaje fumarolas y manantiales de agua termal. Baños medicinales cuyas propiedades terapéuticas siguen aplicándose hoy tal y como en su día lo hicieron los romanos.

SABOR ITALIANO.

Lípari, con sus dos coquetos puertos -Marina Lunga y Marina Corta- bordeados de terrazas y restaurantes, no sólo es el nexo ideal para saltar de una isla a otra, sino también una excelente opción para aspirar el ambiente marinero que destila su capital del mismo nombre, con esas dos arterias principales -la via Garibaldi y el corso Vittorio Emanuele- repletas de tratorías y tiendas de vino, de cafés y de heladerías. Y también para dar una 'passeggiata' por sus callejuelas internas de genuino sabor italiano: las macetas y la ropa tendida, los gritos desde la ventana, el olor a la incomparable 'pizza' casera de la 'mamma'...

Desde el punto más alto de la isla, el monte San Angelo, pueden divisarse muy cerca los colores de su vecina Vulcano: el negro de sus raíces volcánicas aún activas y el amarillo de sus restos sulfurosos, los mismos que le hacen emanar un olor no del todo grato.

De la erupción más reciente de esta isla, allá por 1888, quedó un terreno seco y desértico al que llamaron 'Valle de los Monstruos'. Y de otra muchísimo anterior emergió del mar Vulcanello, conectado a la isla por un itsmo que forma la bahía de Levante. Es esta zona, como en otras muchas de las islas, donde los gases del fondo provocan ebulliciones calientes a modo de 'spas' naturales.

Vulcano, que tampoco escapa a la mitología -dicen que en el interior de su cráter tenía su fragua el dios del fuego- bien puede competir en furia volcánica con Strómboli, la más septentrional del archipiélago y, para muchos, también la más hermosa. Testigo del apasionado romance de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, esta isla de laureles y buganvillas dibuja un cono perfecto, a cuyas faldas se agarran sus dos únicos y encantadores pueblos, Strómboli y Ginostra. Cuando cae la noche, el volcán, que está en activo desde la más remota antigüedad, deja escapar humaredas y borbotones, chispas y lenguas de lava que iluminan la oscuridad, y que descienden por la 'sciara del fuoco' en un espectáculo grandioso.

También dos volcanes gemelos, aunque en este caso muertos, tiene Salina, la más verde de las Eolias y una de la menos acostumbradas a los bulliciosos turistas. Y eso que ofrece parajes espectaculares como Punta del Perciato y su arco natural sobre el mar, o Pollara con sus acantilados y sus calas de agua transparente. Eso y el monte Fossa delle Felci -el más alto del archipiélago- cubierto de helechos y álamos, encinas y castaños, le han valido el título de Reserva Natural.

La 'glamourosa' Panarea, reconvertida en un bello refugio azul y blanco para gente 'guapa' y esnob, es más bien un pequeño grupo de islotes formado por Basiluzzo, Spinazzolla, Panarelli, Lisca Bianca, Lisca Nera, Dàttilo, Botaro y las diminutas Formiche.

HERMOSA IRA.

Estos atolones fueron en su día una sola isla, la cual acabó fracturada en mil pedazos tras las continuas erupciones de uno de los volcanes más coléricos. Erupciones que provocaron muchos destrozos, sí, pero a las que se debe también la belleza de Cala Junco, ese rincón de postal donde las aguas son más turquesas, si cabe, que en cualquier otro punto del archipiélago.

Sosegadas y salvajes, Alicudi y Filicudi son, decididamente, las más remotas y aisladas. Alejadas del mundanal ruido y conscientemente excluidas de los circuitos turísticos, estos dos reductos de vida para los que la electricidad es una conquista reciente son sólo aptas para amantes confesos del mar y de los silencios profundos. Porque estas minúsculas islas de apenas un puñado de casitas encaladas y numerosos bancales por donde discurren las mulas como único medio de transporte, encarnan la pura imagen del descanso. Ese descanso que buscaba Ulises.

NOELIA FERREIRO, Suplemento de viajes de El Mundo, 29 de Septiembre de 2009, número 89

0 Comentarios: