ÉFESO, UN INMENSO PUZZLE AL AIRE LIBRE

Si quieres asomarte al día a día de lo que fue una gran ciudad clásica tienes que conocer las ruinas de Éfeso, una de las zonas arqueológicas más extensas del mundo y las mejor conservadas de las muchas que atesora la costa turca.

Biblioteca de Celso
Aunque su bahía se anegó y hoy queda retirada unos pocos kilómetros tierra adentro, Éfeso fue un puerto clave del Mediterráneo Oriental. Sus mercados fueron de los mejor surtidos del mundo clásico, y la ciudad alcanzó un brillo que todavía se deja adivinar caminando entre sus ruinas. Éfeso había sido una de las doce ciudades de la Dodecápolis jónica, una alianza de villas de la hoy turca costa de Anatolia y algunas islas vecinas. Sin embargo, fue tras la conquista romana cuando la ciudad se convirtió en una de las más grandes y resplandecientes del Imperio, oficiando no sólo como un centro comercial de primera sino, también, como un foco cultural, político y religioso.

Patria chica del filósofo Heráclito y probable última residencia de la Virgen María, Éfeso fue visitada por Estrabón, Cicerón, Julio César, Cleopatra y Marco Antonio, los emperadores Trajano y Adriano, San Pablo y San Juan, cuya tumba se encuentra en las ruinas de la basílica, junto a la ciudadela bizantina que domina la vecina ciudad de Selçuk.

Posible última residencia de la Virgen María
Éfeso fue la primera ciudad del mundo en la que se iluminaron las calles de noche, en ella se conserva la publicidad más antigua que se conoce, y los 24.000 espectadores que podía acoger el más grande de sus dos teatros dan una idea del tamaño que alcanzó en sus días de gloria.

En el año 262 fue arrasada por los godos y, aunque no fue abandonada hasta varios siglos más tarde, su esplendor se eclipsó para siempre. Sus restos, comenzados a excavar en el XIX, albergan un apasionante museo al aire libre que no podrá dejar impasible ni siquiera al más fóbico de las ruinas. Y eso que se estima que apenas ha salido a la luz el veinte por ciento de lo que fue.

Desde la entrada al recinto, sus calles principales van dejando a cada lado un fabuloso entramado a través del cual ir reconstruyendo, como en un puzzle, lo que era el día a día de una pujante ciudad romana. Junto a la Puerta Magnesia, levantada por el emperador Vespasiano, van asomando el Gimnasio del Este y las Termas de Vario, con sus paredes y bóvedas aún en pie y un inteligentísimo sistema de cañerías. Enseguida, el Odeón y el Ágora Superior, donde debatían sus senadores; los templos de Domiciano y Adriano o lo que quedó del Pritaneo, el antiguo ayuntamiento, entre cuyas columnas ardía el fuego sagrado que alimentaban sus sacerdotes.

También, las Casas de la Ladera, su barrio más noble, y, al final de la vía principal de los Curetos, su monumento más espectacular: la majestuosa fachada de la Biblioteca de Celso, que a principios del siglo II custodiaba no menos de 12.000 pergaminos que recogían todo el saber de la época. Junto a ella, el inmenso Ágora del Comercio, en cuyas tiendas se compraba y vendía todo lo que llegaba a puerto.

Gran teatro de Éfeso
Y mucho más allá del espectacular Gran Teatro y la iglesia de la Virgen María, pasadas columnatas y mosaicos, restos de fuentes y cimientos, la única columna que sobrevivió del Templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, consagrado a esta diosa protectora que no logró salvar a Éfeso de la destrucción, pero que le ha legado al mundo este emocionante testimonio de lo que llegó a ser la ciudad más poderosa de Roma en Asia Menor.



Fuente: Hola