LA IMPORTANCIA DEL NOMBRE EN ROMA

   Desiderio Vaquerizo
   Catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba
Ejemplos de nombres romanos en un monumento de Newcastle
La familia fue uno de los pilares de la antigua Roma; y uno de sus aspectos mejor regulados desde los puntos de vista legal y consuetudinario, hasta el punto de que nuestra jurisprudencia al respecto sigue inspirada en buena medida en el corpus legislativo de aquella época.

Para la sociedad romana era fundamental conocer la filiación de cada persona para ubicarla correctamente en su gens de procedencia y que, de paso, gozara de los derechos relativos a la misma en cuanto a paternidad, educación, carrera (cursus ), matrimonio, herencia, posición o proyección en la vida pública.

Mientras que un esclavo (hombre o mujer) sólo podía ostentar un nombre, con mucha frecuencia griego o grequizante por el componente añadido de prestigio que ello suponía, las mujeres libres solían llevar dos (el de su gens y un numeral o determinativo) y los varones ingenui tres: el propio (praenomen ), el del linaje (nomen ), y una especie de apodo que los individualizaba (cognomen ). Son los tria nomina , símbolo inequívoco y anhelado de ciudadanía. Pensemos por ejemplo en Lucius Annaeus Seneca, bien conocido por su origen cordobés, y descompongamos su filiación personal conforme a estos criterios. De nombre Lucio y apodo personal Séneca, incorporaba además el más importante de los marchamos: su pertenencia a la gens Annaea, de trascendental importancia en la historia de nuestra ciudad y también de Roma durante el siglo anterior al cambio de Era y las primeras décadas del Imperio.

El pater familias romano se casaba para tener hijos, pero no estaba obligado a aceptar a todos los que vinieran, pudiendo ordenar de forma unilateral la interrupción del embarazo (abigere partum ) (la mujer, en cambio, no podía hacerlo en contra de la voluntad del marido), o no reconocer al hijo una vez nacido. Sólo si lo alzaba en brazos (liberum tollere ) lo estaba legitimando como miembro de su familia y constituyéndolo como suus heres , es decir, su heredero con todas las de la ley, categoría que implicaba también darle su nombre. Pero esto último no tenía lugar hasta la celebración de su dies lustricus , ocho o nueve días después del nacimiento, según se tratase, respectivamente, de un niño o una niña, con la ceremonia de la lustratio (purificación a través del agua), que suponía su presentación en sociedad, acompañada de una fiesta a la que familiares y amigos acudían con dones, regalos y juguetes. El oficiante, que era casi siempre la persona de más edad de la familia, invocaba a las Parcas, de las que dependían la vida y el destino, colocaba al niño la bulla (colgante a la manera de amuleto, propio fundamentalmente de los varones, siempre que fueran libres) y le asignaba el nombre (praenomen a los niños y nomen a las niñas).

El varón no tendría necesidad real de sus tria nomina hasta que recibía la toga viril, en plena adolescencia, y era inscrito en el censo de ciudadanos romanos, empezando su carrera tras confirmar su pertenencia a la elite jurídica de la sociedad romana. El patronímico, pues, como referente público de pertenencia a la estirpe y estandarte de legitimidad, aun cuando ésta se hubiera logrado mediante la adopción.

Hablo de una cultura de fuerte carácter patriarcal, diseñada por los hombres en su propio beneficio, pero muy bien organizada y sometida de forma periódica a profundas catarsis que le permitieron corregir tendencias peligrosas para su propia supervivencia como, por ejemplo, las crisis de natalidad, o los excesos del lujo. Tal habilidad para reinventarse es, sin duda, una de las causas que explican la grandeza de Roma durante tantos siglos, y su capacidad para absorber, integrándolos de pleno derecho, a los cientos de pueblos que dominaron. La decadencia empezaría cuando, debido a su enorme expansión, al desgaste propio de cualquier régimen político vigente durante quinientos años, y a la descomposición de su clase política y sus estructuras sociales, dejaron de preocuparse por la esencia para pasar a lo superfluo.