LOS MITOS DE LA MONARQUÍA ROMANA

Marte y Rea Silvia
La tradición habla invariablemente de siete reyes de Roma citándolos siempre con los mismos nombres y en el mismo orden: Rómulo, Numa Pompilio, Tulo Hostilio, Anco Marcio, Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. Los cuatro primeros son de origen latino, en concreto Rómulo y Tulo Hostilio son romanos y Numa y Anco Marcio son sabinos. Los tres últimos conforman una dinastía etrusca.

A cada uno de ellos la tradición ha encomendado una función concreta que explique alguna institución de la Roma republicana. Los cuatro primeros reyes no son rigurosamente históricos, pero sin ellos los historiadores antiguos no concebían la existencia de Roma. Cada uno de ellos representaba un tipo diferente de reinado. Sin embargo, todos, gracias a sus creaciones sucesivas y complementarias, habían formado Roma. Los historiadores y analistas habían logrado que, lo que en otro pueblo eran mitos, leyendas, historias inconexas, en Roma se integraran en una historia nacional coherente e incomparable a la de ninguna otra ciudad.

Gracias a sus reyes Roma ofrecía un desarrollo natural en sucesivas etapas, cada una de ellas presidida por un emisario de los dioses creado ex profeso para la ocasión. Rómulo el semidiós, pues su padre era Marte, fue el fundador de la ciudad, formó un Cuerpo Senatorial de 100 miembros y se instaló en el Monte Palatino; Numa, hombre de carácter profundamente religioso y sentado en el trono contra su voluntad, fue un rey sacerdote que creó la religión romana y le dio las leyes, cultos y sacerdotes propios de un lugar civilizado.  Tulo Hostilio, por su parte, fue un rey guerrero que hizo de Roma una potencia militar. Quiso acabar con el poderío de Alba Longa, metrópoli de treinta ciudades; en un combate singular, entre los Horacios (Romanos) y los Curiacios (Albanos), Roma salió vencedora, y destruyó la ciudad. Anco Marcio la convirtió en una populosa urbe comercial e hizo de la riqueza adquirida con el comercio un elemento de poder y prestigio. Se le atribuye el primer puente sobre el río Tíber y la instalación de los primeros colonos. La Roma Quadrata es ya desbordada. Roma empezó a crecer.


La ninfa Egeria entrega a Numa Pompilio las leyes de Roma
Los reyes etruscos modernizaron Roma. El primero de ellos, Tarquinio el Antiguo -Prisco-, construyó el Templo de Júpiter, en el Monte Capitolino e introdujo los juegos atléticos (gladiadores). Adoptó las insignias de los reyes etruscos: el manto púrpura, la corona y el trono de marfil (Sella Curulis). Su sucesor, Servio Tulio, ensanchó la ciudad que, desde entonces, se extendió sobre las siete grandes colinas. Dividió la ciudad en cuatro regiones o barrios, con el objeto de facilitar el reclutamiento militar y la rodeó con una muralla, que llevó el nombre de “Recinto de Servio Tulio”. Del último de los reyes sabemos que fue un rey cruel y despótico que se ganó el sobrenombre de el Soberbio.

De cada uno de los reyes se cuentan leyendas propias. Así de Rómulo, además de su nacimiento y los avatares que tuvo con su hermano Remo, puede destacarse el rapto de las Sabinas. Esta leyenda sirve para explicar la fusión de los romanos y sabinos así como sus usos nupciales. Una vez que fundó la ciudad, Rómulo la pobló con desterrados, asesinos, insolventes y esclavos fugitivos. Estos hombres necesitaban mujeres y, como sus vecinos eran reacios a abandonar a sus hijas en sus manos, Rómulo se vio en la necesidad de recurrir al engaño. Para ello organizó unos juegos consistentes en carreras de caballos, alegando como motivo la fiesta en honor al dios Consus. Las gentes de los alrededores, incluidos los sabinos, acudieron con sus mujeres y niños. De improviso, a una señal convenida, los hombres de Rómulo se arrojaron sobre las jóvenes, apoderándose de ellas mientras los padres huían. Sólo una de todas ellas, Hersila, estaba casada. Las poblaciones de aquellos cuyas hijas habían sido raptadas se agruparon en torno a Tito Tacio, rey sabino, y se entabló una guerra muy dura contra Roma. Tito Tacio logró entrar por sorpresa en la ciudadela romana gracias a Tarpeya.

Moneda del año 89 a.C que representa la muerte de Tarpeya
Esta joven era hija de Espurio Tarpeyo, a quien Rómulo había confiado la custodia del Capitolio. Hallándose Tito Tacio acampado con su ejército al pie del monte, Tarpeya se enamoró de él y le prometió entregarle la ciudadela si accedía a casarse con él. Tito Tacio aceptó. Tarpeya le abrió la puerta y el rey, en vez de cumplir su promesa, mandó aplastar a la joven bajo el peso de los escudos de sus hombres. De este modo Tarpeya murió sin poder recibir el pago de su traición. Otra versión afirmaba que lo que Tarpeya pidió fue, no que se casara con ella, sino lo que los soldados llevaban en el brazo izquierdo, es decir, ricos brazaletes. Tito Tacio simuló entender que quería los escudos y la hizo matar de la forma dicha. Tarpeya con su acción dio nombre al Capitolio mismo, “mons Tarpeius”, desde el cual en el futuro se despeñaría a los criminales.

Tras la traición de Tarpeya los sabinos entraron en la ciudadela. Parte del ejército enemigo intentó coger por la espalda a Rómulo y se habría salido con la suya si el dios Jano no hubiera hecho brotar una fuente de agua hirviendo que les cerró el paso. Con todo, las tropas sabinas seguían avanzando. Cuando llegaron al Palatino, viendo Rómulo que la derrota iba a ser un desastre, suplicó a Júpiter y prometió alzarle un templo allí donde cambiase la suerte de la batalla. Así ocurrió. Por ello, una vez terminada la contienda Rómulo levantó un templo en honor a Júpiter Stator, el que detiene.

El rapto de las Sabinas
Romanos y sabinos firmaron un tratado de alianzas que unía a los pueblos. Se decía que las mujeres sabinas se habían arrojado entre ambos adversarios y habían suplicado a sus padres, hermanos y nuevos esposos que abandonasen la lucha. Por acción de este tratado Rómulo y Tito Tacio iniciaron un reinado conjunto que duró tan sólo cinco años a causa de la muerte por asesinato del rey sabino. Fue una cuestión de venganza en la que nada tuvieron que ver los romanos. Rómulo quedó como único rey de los dos pueblos.

Tras treinta y dos años de reinado, Rómulo terminó su vida de una misteriosa manera. En las nonas de julio estaba pasando revista a su ejército en el Campo de Marte cuando, de pronto, estalló una terrible tormenta, acompañada de un eclipse de sol. Todo desapareció de la vista por efecto de las lluvias y, cuando despejó, “ya no había más Rómulo” al decir de Livio. Un romano llamado Próculo informó que Rómulo se le había aparecido después en sueños y le había revelado que se lo habían llevado los dioses consigo y que lo habían convertido en el dios Quirino. También se dice que Rómulo murió  asesinado por los senadores, quienes se inventaron la leyenda para acallar al pueblo.

Las leyendas de Rómulo, además de explicar la fundación de la ciudad, la unión de romanos y sabinos y los usos nupciales romanos, explican también la dualidad de poder que luego tendrán los cónsules.

Numa Pompilio, el segundo rey, fue el que organizó el mundo religioso romano. Su actuación estuvo toda ella inspirada por la ninfa Egeria, con la que mantenía encuentros nocturnos en un bosque.

El siguiente rey fue Tulo Hostilio. Parecía una reencarnación de Rómulo con su bravura acentuada. Entre otras hazañas, sometió la ciudad de Alba longa a Roma. En la guerra entablada entre ambas poblaciones tuvo lugar el episodio de los Horacios y Curiacios. En nombre de las dos ciudades se enfrentaron dos parejas de trillizos semejantes en edad y fuerza: los Horacios por parte romana y los Curiacios por parte sabina. Aquellos que ganaran darían la victoria a su ciudad. Después del primer combate murieron dos romanos, quedando mal herido los tres albanos.

El juramento de los Horacios
El Horacio superviviente emprendió la huida con la intención de que los Curiacios le siguieran para irlos matando uno a uno. Así lo hizo. Les dio muerte a los tres y los despojó de sus armas. El Horacio regresó victorioso a la ciudad llevando desplegados los despojos de los enemigos. En la puerta Capena, su hermana, prometida a uno de los Curiacios, reconoció el manto que ella misma había tejido y rompió en llanto. Irritado por aquella fidelidad a un extranjero, por el olvido de los hermanos caídos y por la indiferencia ante la victoria patria, el Horacio desenvainó su espada, maldijo a su hermana y la mató. El fratricidio cometido había contaminado a la ciudad.

Por ello, el rey Tulo designó a los dumviros como jueces en el caso quienes consideraron al Horacio culpable. Condenado por los jueces, Horacio recurrió al pueblo como estaba en su derecho y como el propio rey, a escondidas, le aconsejó. El pueblo escuchó las súplicas del padre, que ya lo había perdonado, y absolvió también al fratricida. El padre, tras realizar unos sacrificios expiatorios que se convirtieron en tradición en la familia Horacia, mandó al hijo pasar bajo un madero atravesado en medio de una calle y con la cabeza cubierta, como un vencido bajo el yugo. La leyenda cuenta que Tulo murió herido por un rayo de Júpiter lanzado por el propio dios al haber celebrado el rey un sacrificio defectuoso en su honor.

A Tulo Hostilio le sucedió como rey Anco Marcio. Durante su reinado ocurrió un extraordinario prodigio en la persona de Lucumón, personaje etrusco que se dirigía a Roma con su mujer Tanaquil. Sentado junto al Janículo con su esposa, un águila bajó planeando desde el cielo, le quitó suavemente el bonete y, en seguida, se lo volvió a poner justamente en la cabeza, desapareciendo luego en las alturas.

Numa Pompilio y Anco Marcio
Lucumón será el siguiente rey de Roma, el primero de la saga etrusca. Para obtener el trono se vio obligado a alejar de la corte a los dos hijos del rey, quienes posteriormente se vengarán de él. Lucumón subió al trono con el nombre de Tarquinio, apodado Prisco por ser el más antiguo de los dos que hubo.

Los tres reyes etruscos están menos cargados de leyendas que los cuatro anteriores. Sobre Tarquinio Prisco se cuenta que su mujer le aleccionó a que nombrara sucesor suyo a Servio Tulio, un niño nacido en palacio. Le movió a ello el hecho de que brotara sobre la cabeza del pequeño una llama mientras dormía. Cuando despertó, junto con el sueño desapareció la llama. Servio heredó el trono tras el asesinato del rey Tarquinio por orden de los hijos de Anco Marcio, a quienes había desposeído mediante engaños del reino.

Servio pasa por ser el reformador de la constitución romana. Este rey había casado a sus hijas con los hijos o los nietos de Tarquinio Prisco, Lucio y Arrante. El primero era un malvado nato y el segundo un apocado. La esposa que le correspondió a éste era muy semejante a Lucio. Ambos decidieron desembarazarse de sus respectivos cónyuges mediante el asesinato. Después se casaron y planearon eliminar también al rey. Lo lograron arrojándolo por las escaleras de la curia y rematándolo con un carro. Con esta acción Lucio obtuvo el trono.

El nuevo rey se llamará también Tarquinio, pero su sobrenombre de el Soberbio se debe a su jactancia. Mandó que Servio no fuera enterrado alegando que tampoco Rómulo lo había sido. Se cuenta de este rey que durante su reinado la sibila fue a visitarle llevándole nueve libros proféticos. El rey los rechazó diciendo que eran muy caros. La sibila quemó tres de ellos y volvió a ofrecerle a Tarquinio los libros restantes al mismo precio que antes. Volvió a rechazarlos. Nuevamente ella repitió la operación de quema y reofrecimiento. Esta tercera vez el rey le compró los tres libros que quedaban y los depositó en el templo de Júpiter Capitolino. Estos serán los libros que consulten los decemviros a instancias del senado para todas las cuestiones referentes a los sacrificios y cultos en general y prodigio en particular.

La violación de Lucrecia
Con la expulsión de Tarquinio de la ciudad se explica el fin del régimen monárquico. Esta es referida en una nueva leyenda cuyos protagonistas son Sexto Tarquinio, hijo del rey, Lucrecia, la virtuosa esposa de Lucio Tarquinio Colatino, Colatino y su amigo Lucio Junio Bruto. En el tiempo en que los romanos asediaban la ciudad de Ardea, los hijos del rey celebraban un banquete con Colatino. Comenzaron a hablar de sus mujeres, elogiando cada uno a la suya.

Colatino propuso ir a Roma para ver qué hacia cada una de ellas. Las esposas de los hijos del rey estaban en un banquete con sus amigas. Luego se dirigieron a Colacia, donde encontraron a la esposa de Colatino rodeada de esclavas e hilando la lana. Colatino salió vencedor de la apuesta. Tarquinio quedó prendado de la belleza de su mujer. Por ello, días más tarde se dirigió sólo a la casa de Lucrecia, quien lo recibió cordialmente y lo alojó esa noche. Tarquinio con la espada en mano se dirigió al dormitorio de Lucrecia y con amenazas la hizo suya. A la mañana siguiente, Lucrecia, una vez que Tarquinio se fue, llamó a su marido y a su padre, les contó lo sucedido y se suicidó.

Los parientes y amigos de Colatino llevaron el cuerpo de Lucrecia a la plaza y llamaron a los ciudadanos a la rebelión contra los Tarquinios. De este modo acabó la monarquía en Roma y el nombre de “rey” se hizo maldito.