EL EFÍMERO IMPERIO DE ZENOBIA

Entre el 267 y el 272 d.C. la reina de Palmira construyó un reino en Oriente, pero Roma la humilló tras su derrota

La reina Zenobia ante el emperador Aureliano, Tiépolo
La reina Zenobia ante el emperador Aureliano, Tiépolo
La muchedumbre espera enfebrecida mientras las víctimas, sujetas por cuerdas y cadenas, ocupan su sitio de cautivos. El emperador, absorto en el espectáculo, aplaude orgulloso mientras el pueblo le cubre de rosas.

En la Antigua Roma, un triunfo suponía celebrar un desfile fastuoso, que conmemoraba las victorias que el estado obtenía sobre sus enemigos. Significaba ser conducido en carro por las calles de la ciudad, junto al botín conquistado y los prisioneros capturados.

Las ceremonias, que acababan en tributo al dios Júpiter, estaban destinadas a reafirmar el poderío de Roma y la humillación del conquistado. "La noción del triunfo era parte de la forma en que escribían, hablaban y concebían el mundo los romanos: era un buen asunto en el que pensar", explica Mary Beard, autora de El triunfo romano (Crítica).

Pero estos suntuosos triunfos tenían un reverso: los derrotados. Veleyo Patérculo escribió que "se mostraba mejor el éxito de Roma exhibiendo al enemigo en una procesión que aniquilándolo en el campo de batalla".

Cleopatra prefirió suicidarse a la humillación. "Cubiertos de cadenas, transportados en angarillas o a pie, los cautivos marchaban arrodillados, delante del carro del general", relata Beard.

Los festejos de Aureliano

El emperador Aureliano tenía suficientes enemigos como para organizar, en el 274 d C, una procesión en la que figuraba un pelotón de amazonas, elefantes y alces. Ese año, Aureliano derrotó al reino árabe de Palmira, ciudad estado situada a unos 210 kilómetros al noroeste de Damasco y enclave importante para el Imperio, ya que unía la ruta comercial entre Roma y el Imperio Sasánida. Por ella pasaban las riquezas de medio mundo, y servía de barrera ante el poderoso Ejército persa.

Algunos años antes, en el 129 dC, el emperador Adriano había liberado a la ciudad de Palmira, que comenzó a recaudar sus propios impuestos. Después, Valeriano nombró cónsul a Odenato, del pueblo de los nabateos. Cuando el rey persa Sapor desafió a Roma, el noble árabe reunió a un ejército de nómadas en su ayuda. En recompensa, Odenato recibió el título de totius Orientis imperator (jefe de todo el Oriente). Sin embargo, pronto sería asesinado y Zenobia, su esposa, asumió el poder.
La última mirada a Palmira de la reina Zenobia - Herbert Schmalz
La última mirada a Palmira de la reina Zenobia
Herbert Schmalz
Ella era hermosa y ambiciosa "irradiaba un vigor extraordinario, era de espíritu divino, una belleza increíble", según cuenta Trebelio Polión, y aspiró a crear un reino que controlara a los imperios romano y persa.

Comenzó su expansión en Egipto, conquistando el puerto de Alejandría, primer puerto del mundo y llave del comercio marítimo. Luego tomó el Éufrates y ocupó Asia Menor. Nacía un gran imperio oriental, "con el granero egipcio en sus manos y las costas protegidas por sus aliados godos". En sus seis años de mandato, Zenobia fortificó la ciudad, de 150.000 habitantes, y construyó templos, jardines y monumentos. Palmira fue el exilio dorado de filósofos, poetas y cristianos perseguidos.

Pero Aureliano, conocido como Manus ad Ferrum (mano al hierro) por sus urgencias por desenvainar la espada, advirtió del peligro y emprendió una campaña en Oriente, enfrentándose al reino de Palmira. Primero recuperó Egipto y después se enfrentó a la reina en la ciudad persa de Emesa.

La caída de un imperio

La batalla decisiva se libró en la misma ciudad estado. Zenobia confiaba en sus arqueros y esperaba resistir durante meses, pero gracias a los jefes árabes del desierto que había desdeñado, Aureliano venció la resistencia de la ciudad. La reina fue capturada y la ciudad se rindió. "¿Por qué, Zenobia, te has atrevido a desafiar a los romanos?", inculpó Aureliano. Y ella contestó: "A ti, que has vencido, te reconozco como emperador, pero al resto jamás los consideraré".

Para celebrar su triunfo, hizo desfilar a su reina, Zenobia, ataviada con joyas y cadenas de oro tan pesadas que necesitaba de criados para moverlas. "Los prisioneros aureolados de grandeza constituían una sólida prueba del esplendor de la victoria", escribe Beard. Los desfiles en Roma no solían ser violentos, pero algunos encontraban la muerte, según el capricho del emperador. Otros conservaban la vida y se les permitía una nueva vida en Roma. Es el caso de Zenobia, que tras ser derrotada se instaló en una confortable villa próxima al Tíbur.

Años después, tras la muerte de Aureliano, los nabateos asesinaron a la guarnición romana. La vendetta fue terrible. Palmira fue asolada, y el pueblo de los nabateos que la había fundado desapareció para siempre. Víctima de un terremoto en 1089, Palmira fue redescubierta en el siglo XVII por dos comerciantes ingleses. Pero hoy, en el lugar donde se levantaba, solo quedan las ruinas de un pasado glorioso.

Publicado por Jesús Centeno  en el diario Público

1 Comentarios:

Anónimo dijo...

Pobre Palmira