LOS GRIEGOS EN IBERIA

Desde el siglo VI a.C., navegantes griegos fundaron en la península Ibérica colonias dedicadas al comercio con los pueblos indígenas, que cambiarían la cultura y forma de vida de éstos.


A partir del siglo VI a.C. los griegos establecieron numerosos enclaves comerciales en la costa de la península Ibérica, desde los que mantuvieron intensas relaciones con los pueblos indígenas.

Hace 2.600 años, unos marinos de Samos partieron de su isla y, según cuenta Heródoto, «se hicieron a la mar ansiosos de llegar a Egipto, pero se vieron desviados de su ruta por causa del viento de Levante. Y como el aire no amainó, cruzaron las columnas de Hércules [el estrecho de Gibraltar] y, bajo el amparo divino, llegaron a Tartessos», lugar donde abundaban los metales tan apreciados por los comerciantes griegos. Al frente de la expedición estaba el samio Coleo, quien, gracias a los intercambios que llevó a cabo en Tartessos -mítico reino emplazado en la desembocadura del Guadalquivir-, obtuvo unas ganancias cuantificables en sesenta talentos de plata, equivalentes a unos 1.600 kilogramos de ese preciado metal. El viaje de Coleo, que el propio navegante quiso mantener oculto en una bruma de misterio, acabó por abrir a los griegos ese rico territorio.

Así, poco después, los habitantes de Focea, una ciudad en la costa de Asia Menor, empezaron a visitar también Tartessos, donde fueron acogidos por el rey Argantonio, un longevo monarca que habría vivido 120 años. El soberano les ofreció tierras para establecerse y dinero para construir la muralla de su ciudad, Focea, amenazada por los persas. Así comenzó un período de contactos fructíferos para ambas partes.

Aunque hallazgos recientes sugieren que las primeras exploraciones griegas de la península Ibérica comenzaron en el siglo IX a.C., este territorio quedó al margen del gran movimiento colonizador griego que afectó al Mediterráneo central desde la segunda mitad del siglo VIII a.C., y que tuvo su foco en Sicilia y el sur de Italia. Sólo en la última parte del siglo VII a.C. tenemos nuevas noticias del interés griego por Iberia, ejemplificado por el exitoso viaje de Coleo de Samos.

En efecto, desde finales del siglo VII a.C.,los griegos, en especial los de la ciudad de Focea, empezaron a visitar los puertos tartésicos y a comerciar con la plata producida en las serranías de la actual provincia de Huelva, en competencia con los fenicios que habían sido los auténticos descubridores de este importante enclave metalífero. A resultas de esta actividad, aumentó la presencia griega en la Península, todavía limitada a establecimientos de tipo comercial o emporios (mercados), aptos para comerciar con las poblaciones indígenas o con los fenicios; por el momento, los griegos no abrigaban pretensiones de controlar el territorio.

En la primera mitad del siglo VI a.C., algunos de estos emprios griegos se situaban en lugares como Onuba (la actual Huelva), ciudad tartésica con una fuerte presencia fenicia; en centros fenicios como Mainake (quizá la actual Málaga) o en la ciudad de nombre aún no precisado situado en La Fonteta, junto a la desembocadura del río Segura. Más al norte se instalaron en Sagunto, donde se levantaba un poblado ibérico, o en el asentamiento griego de Ampurias, entonces situado en el extremo de un istmo que se adentraba en el mar. Al parecer, la ciudad de Massalia (la actual Marsella), fundada en el sur de Francia por esos mismos foceos en torno al año 600 a.C., desempeñó un papel fundamental en la organización de esta red de establecimientos comerciales.

Este panorama empezó a cambiar desde mediados del siglo VI a.C. Los griegos dejaron de visitar el área tartésica y desaparecieron de los centros fenicios con los que antes habían comerciado. Al mismo tiempo, en el nordeste de la Península se produjo un cambio trascendental: la consolidación de la presencia griega en torno a Ampurias.

A partir del antiguo asentamiento griego, ubicado en un islote y conocido como Palaiápolis, la «ciudad antigua», los griegos se instalaron en la tierra firme, en un punto algo más al sur, la llamada Neápolis, la «ciudad nueva», a la que se le daría como nombre propio el de Emporion. Durante cien años, ésta fue la única ciudad griega de la península Ibérica. Emporion (Ampurias) extendió sus redes comerciales no sólo por el territorio circundante, sino también por las costas orientales de la Península, de donde obtenía materias primas (cereales, sal, lino, esparto) y productos manufacturados (vino, aceite). Con el comercio de estos bienes mantuvo una saneada economía que le permitió, hacia mediados del siglo V a.C., acuñar sus primeras monedas de plata, muy semejantes a las que entonces acuñaba la ciudad de Massalia.

Tomado de: Historia National Geographic

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