SEXO ANTES DE CRISTO
Muestra de tesoros arqueológicos en el Barcelonés Nord

Xabier Llovera, director del Museu d'Arqueologia de Catalunya, admira el 'Falo de Sasamón', extraordinaria pieza de bronce y con supuestos poderes contra el mal de ojo Hubo un tiempo en el que las catalanas colgaban en las puertas de sus casas obscenos penes de bronce que con un dulce tintineo avisaban cuando llegaban las visitas. A sus maridos, si les vencía la lujuria, se les recomendaba «ir a los burdeles de la ciudad y no tener así que molestar a las esposas de otros hombres». El consejo es de Catón el Viejo. Por la cita queda claro, pues, que la época en cuestión es la romana. No es que Barcino, Baetulo y Tarraco fueran una bacanal. Había normas. Gracias a las comedias de Plauto, por ejemplo, conocemos cuáles eran algunas de las fronteras morales de aquel imperio: «Mientras te apartes de las mujeres casadas, de las viudas, de las doncellas y de los jovencitos, con excepción de los esclavos, haz el amor con quien te plazca». Son esto solo un par de apuntes para hacer boca de la exposición que a partir de diciembre se abrirá al público en el Museu de Badalona con algunos de los más lúbricos tesoros arqueológicos de Catalunya. Hasta entonces, la espera será… ¿excitante?

En 1986 se inauguró en el Museu Arqueològic de Montjuïc, entonces dependiente de la Diputación de Barcelona, una exposición pretendidamente provocadora. El museu secret. Así se publicitó. En ella se exhibieron por primera vez ante el público piezas inevitablemente almacenadas a cal y canto durante el franquismo, como el Príapo de Hostafrancs, una escultura descubierta en 1848 en un solar de ese barrio de la ciudad con unos atributos descomunales tallados con piedra de la cantera de Montjuïc. Lo que ahora se pretende no es repetir aquel éxito de público. Es mucho más.

Acuciados por la crisis, los mejores museos arqueológicos de Catalunya han dedidido unir sus escasas fuerzas presupuestarias y han creado la Arqueoxarxa. Los objetivos son variados, pero entre ellos despunta el de organizar con una cierta periodicidad exposiciones intinerantes con lo mejor de cada casa. El honor del primer paso será para el Museu de Badalona. Su director, Joan Mayné, será el comisario encargado de ponerle un relato a lo que en Catalunya se conserva de todo aquello que permite conocer los códigos de conducta sexual de los romanos y, por extensión, de los griegos.

En el 2013, el testigo pasará a Gavà, que coordinará una apuesta similar, aunque en su caso con la muerte como hilo argumental. Pero ahora lo que cuenta es el reto que tiene por delante el Museu de Badalona, que va más allá de la seductora contemplación de piezas psicalípticas en bronce, mármol y cerámica, principalmente. La muestra será una buena oportunidad para no olvidar hasta qué punto el cristianismo fue, en cuestión de juegos de cama, tan cataclísmico como el meteorito que se supone que puso fin al reinado de los dinosaurios sobre la Tierra. No es que los romanos fueran unos amorales. Sencillamente sus normas sociales eran otras.

Tómese por ejemplo a Julio César, no solo porque antes de llegar a la cúspide del poder fuera cuestor en Hispania, lo cual acerca el personaje ni que sea geográficamente, sino especialmente porque su biografía de papel couché es ejemplar sobre qué se aceptaba con naturalidad y qué se consideraba indecoroso en la antigua Roma. De él se decía que era el amante de toda mujer casada y la mujer de todo hombre. Vamos, por decirlo como en Espartaco, que alternaba la ingesta de ostras y caracoles.

El caso es que la bisexualidad del vencedor de la guerra de las Galias era aceptada con naturalidad, pero, ¡cuidado!, no el modo en que la practicaba. La manera sumisa en que se entregó al rey Nicomedes no gustó entre sus súbditos, así que las lenguas más hirientes rebautizaron al todopoderoso emperador como La reina de Bitinia.

Badalona, en resumen, se prepara para abrir la ventana a ese pasado que también nos pertenece, aunque lo único que nos queda de él se guarde en museos. Porque Pompeya, lamentablemente, solo hay una. No es que la ciudad romana sepultada bajo las cenizas del Vesubio fuera única en su tiempo, una ciudad de pecado y perdición. Su fortuna es cómo se ha conservado. Es de suponer que entre Barcino y Baetulo también hubo hace más de 2.000 años algún lupanar de fama. Tal vez la desafortunada villa que las obras del AVE han arrasado lo fuera. Porque esa es otra cuestión a destacar que, poco o mucho, la primera gran exposición de la Arqueoxarxa retratará: los romanos eran muy puteros. ¿Cuánto? Hay un detalle que ayudará muy bien a comprender la magnitud de su afición por las colipoterras. Es el siguiente.

De los esquimales se dice que tienen 22 formas distintas para referirse al color blanco. Es tan cotidiano en su entorno que es casi una necesidad. Pues los romanos tenían un nombre para cada tipo de prostitución. Las ambulatarae buscaban clientes en las calles, las prostibulae trabajaban en un local, las delicatae estaban reservadas para senadores y patricios y las bustuariae eran putas de cementerio. Hasta Séneca escribió sobre estas últimas, pero visto que era un moralista, se descarta que se desahogara entre lápidas.

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