NUMANCIA: RESISTIR HASTA EL FIN

De "guerra de fuego" calificó el historiador griego Polibio la que durante veinte años mantuvieron los habitantes de esta pequeña ciudad arévaca contra el ejército más poderoso de la época, el de Roma.


En la época en que trataba de afianzar su dominio sobre Hispania, la rebelión de un pueblo indígena peninsular puso a Roma en uno de los más graves trances de su historia. El movimiento se originó en Celtiberia, un territorio que se extendía entre las actuales regiones de Castilla la Vieja, Aragón y la Rioja, y que comprendía pueblos diversos entre los que destacaban los belos, con capital en Segena, y los arévacos, centrados en Numancia.

En el año 179 a.C. el general Graco había derrotado por primera vez a los celtíberos, a los que Roma impuso mediante un tratado una serie de condiciones de sumisión. Unas décadas después, en 153 a.C. Segeda cometió una infracción del tratado, o al menos así lo consideraron los romanos, que decidieron enviar una expedición de castigo. Apelando probablemente a una alianza preexistente, los belos decidieron refugiarse en Numancia y hacer frente tras sus murallas a la ofensiva romana. El general romano, al frente de 30.000 hombres y con un destacamento de elefantes, creyó que despacharía rápidamente la operación. Pero tras sufrir grandes pérdidas en una emboscada de los indígenas, su asalto fracasó y terminó en desbandada.

La "segunda guerra celtibérica" consistió en un asedio romano contra Numancia que duró nada menos que veinte años. Diversas ofensivas se estrellaron contra las murallas numantinas y las defensas dispuestas en torno al montículo sobre el que se alzaba la ciudad. La incompetencia de muchos generales hizo que se extendiera la indisciplina entre la tropa, al mismo tiempo que los numantinos se envalentonaban hasta considerarse invencibles. Sólo la llegada del militar más afamado de la Roma de entonces, Escipión, el mismo que en el año 146 había tomado Cartago, pudo cambiar las tornas. Restablecida la autoridad sobre las tropas, éstas estrecharon el cerco hasta cortar todos los suministros a la ciudad celtíbera. Desesperados, algunos numantinos se entregaron, para ser ajusticiados o vendidos como esclavos. Otros prefirieron suicidarse antes que perder la libertad y ver cómo su patria era reducida a cenizas.

Fuente: History National Geographic