AUGUSTO

 Augusto de Prima Porta. Museos Vaticanos, Roma. Ara Pacis  - Agripa con la cabeza cubierta como un augur, seguido de su hijo Gayo. Charles de La Fosse , Augusto revisando los planos del nuevo puerto de Miseno,  Siglo XVII. Teatro de Marcelo en Roma Augusto caracterizado como dios Apolo. Camafeo. 25 a.C.. Museo Británico, Londres.Foro -Templo de Marte Vengador

"Encontré Roma como una ciudad de ladrillo y la dejé de mármol". Con estas palabras, pronunciadas antes de morir, Augusto resumió el gran cambio urbanístico que llevó a cabo en la capital del Imperio. Tras derrotar a Marco Antonio y Cleopatra en la decisiva batalla de Actium (31 a.C.), y con todo el poder en sus manos, Augusto emprendió una serie de reformas urbanísticas en Roma que cambiaron completamente la faz de la ciudad, con la voluntad de adecuarla a su recién estrenada condición de capital imperial. Según cuenta Cicerón, ya Julio César se había propuesto renovar completamente el aspecto de Roma, pero su brusca muerte frustró los planes que tenía al respecto. Augusto continuó la labor de su padre adoptivo, aunque su política fue, en ciertos aspectos, menos ambiciosa y radical.

Las iniciativas de Augusto fueron una etapa más en la gran transformación que experimentaba Roma desde hacía varias décadas. La continua inmigración había elevado la población de la ciudad hasta un millón de habitantes, propiciando el desarrollo de grandes barrios populares como la Subura, el Argileto y el Velabro. Para garantizar el aprovisionamiento de la ciudad hubo que construir nuevas estructuras, como almacenes o un puerto. El propio Augusto ordenó ampliar el cauce del Tíber y limpiarlo para controlar las inundaciones. Bajo su gobierno, y por impulso especialmente de su yerno, Marco Vipsanio Agripa, nombrado en el año 33 a.C. edil de Roma, se levantaron nuevos acueductos. Suetonio cuenta que cuando el pueblo se quejaba de la escasez y elevado precio del vino, Augusto respondía que Agripa ya se había ocupado de que nadie pasara sed construyendo numerosas canalizaciones de agua. Otras nuevas construcciones estuvieron destinadas al ocio de los romanos. Bajo Augusto se construyeron las primeras termas públicas –como las de su yerno Agripa–, dos teatros, un anfiteatro y una biblioteca pública.

Este frenesí constructivo se explica en gran parte por las características propias de la política romana. En efecto, las grandes familias de la urbe debían buscar el apoyo político de la gran masa de ciudadanos para las diferentes elecciones a los cargos públicos y uno de los mejores medios para lograr popularidad era construir edificios monumentales en las principales áreas de la ciudad. De esta forma, según nos cuenta Estrabón, el Foro, el Capitolio y, especialmente, el Campo de Marte, se llenaron de templos, jardines, pórticos y edificios para espectáculos, en gran parte obra del emperador Augusto y sus allegados.

Augusto se apresuró a dejar su huella en el lugar con mayor carga simbólica de Roma: el Foro. Para dar desahogo a la multitud que se aglomeraba allí cada día, César había construido años atrás un nuevo recinto, el Foro de César. Augusto siguió su ejemplo creando otro en la misma zona. El Foro de Augusto tuvo menor extensión, debido a que no se atrevió a expropiar el terreno a algunos propietarios reacios, pero resultó ser uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos de Roma. Como declaró en su testamento, el emperador lo erigió gracias al dinero recaudado en sus empresas bélicas, y su construcción, junto con el templo dedicado a Marte Vengador, se decidió por un voto que hizo en la primera batalla de Filipos, donde perecieron Bruto y Casio, los asesinos de César. Las obras se prolongaron durante varias décadas, hasta el punto de que el propio Augusto bromeaba sobre la lentitud del arquitecto del Foro, cuyo nombre ha quedado borrado de la historia.

Un nuevo foro en Roma
Como otras construcciones de Augusto, el Foro respondía al empeño del emperador por legitimar su poder personal, presentando el nuevo régimen imperial como una continuación natural de la historia de Roma. De este modo, junto al templo dedicado a Marte Vengador destacaban las estatuas de Eneas, el fundador de Roma, y de Rómulo, el primer rey. A su lado estaban las estatuas de los antepasados de la familia Julia, incluidos los reyes de Alba Longa. Augusto buscaba mostrar un equilibrio entre tradición e innovación: se rescataba la historia republicana y, a la vez, se identificaba con la historia de la misma familia Julia. Todo ello sugería que el Imperio, el régimen basado en la autoridad personal de Augusto y de sus sucesores, constituía la lógica y providencial conclusión de la República, y no una usurpación por parte de un político ambicioso.

El renovado Campo de Marte
Fue en el Campo de Marte, en cualquier caso, donde la voluntad de transformación urbana de Augusto llegó más lejos. Originariamente, el Campo de Marte era una llanura situada fuera del recinto amurallado, en la que se realizaban ejercicios militares. Más tarde acogió las reuniones de los comicios (las asambleas populares) y ciertas ceremonias religiosas y civiles. Julio César y, sobre todo, Augusto lo convirtieron en un gran complejo monumental, tan espléndido que, según Estrabón, el resto de la ciudad llegó a parecer un apéndice suyo.

Gracias a la ayuda de su yerno, Agripa, y de otros amigos y familiares, Augusto inició la urbanización de la parte central de la llanura y reconstruyó el área que rodeaba el circo Flaminio. Luego se erigieron el teatro de Marcelo, el anfiteatro de Estatilio Tauro, las termas de Agripa, el Panteón, el Ara Pacis y el mausoleo del emperador. El Panteón fue, sin duda, uno de los monumentos más destacados. En el mundo helenístico, el panteón era un templo dedicado a un soberano deificado y a los otros dioses asociados a él, y se caracterizaba por albergar una estatua del monarca en medio de las de los dioses, reunidos en asamblea. El Panteón de Augusto, sin embargo, presentaba diferencias con ese modelo. El emperador romano rechazó ser divinizado y no quiso que se le dedicara el santuario. Además, en el interior su propia estatua no estaba en la cella, la cámara sagrada en el centro del edificio, sino, modestamente, en el pronaos o vestíbulo. Augusto colocó en el templo, además, las divinidades dinásticas de la familia Julio-Claudia: Marte, Venus y el mismo Julio César divinizado. El templo fue muy dañado décadas después por dos incendios, de modo que su aspecto actual corresponde a la reconstrucción en tiempos de Adriano.

Al norte del Campo de Marte se encontraba el Altar de la Paz, o Ara Pacis, erigido por orden del Senado en el año 13 a.C. para celebrar la «pacificación» de Hispania y la Galia por Augusto. Constituye, sin duda, el monumento clave para la comprensión del arte oficial en este período. Los relieves que cubren los muros exteriores del monumento presentan a Augusto como heredero de la estirpe de Eneas y como el soberano que había de traer la paz y el dominio universal de Roma.

El mausoleo y la casa de Augusto
Algo más al norte se alzaba un monumento imponente, hoy en ruinas: el mausoleo de Augusto. El emperador emprendió las obras tras derrotar a Marco Antonio y conquistar Egipto, en 29 a.C., y pudo construirse en los terrenos del Campo de Marte gracias a una tradición que permitía edificar sepulcros en esta zona con el permiso del Senado. Se trataba de una tumba dinástica que seguía un modelo helenístico, originado en la tumba del rey Mausolo de Caria, aunque la inspiración directa de Augusto provenía del túmulo circular de Alejandro, en Alejandría. En el centro, una pequeña estancia cuadrada acogió las urnas cinerarias de la familia de Augusto, entre otros su sobrino Marcelo, su hermana Octavia, su yerno Agripa y él mismo a su muerte en 14 d.C.

Augusto tuvo también una residencia personal en el monte Palatino. Aunque con el tiempo, el término palatium designaría la casa del emperador por excelencia, la casa de Augusto estaba lejos de ser un palacio. Era una construcción modesta que Augusto fue ampliando con la adquisición de las casas de los alrededores. Tenía una parte pública en la que se levantaban dos templos, dedicados respectivamente a Vesta y a Apolo. En este segundo, en una custodia dorada bajo la estatua del dios, el emperador colocó los libros sibilinos, que supuestamente contenían el secreto del futuro de Roma. Una forma más, por parte del emperador, de mostrar su empeño por poner el futuro del Imperio bajo su control.

Fuente: History National Geographic