LA DONACIÓN DE CONSTANTINO

El bautismo de Constantino de Rafael
Para muchos, la importancia histórica de Constantino se inició con su conversión al cristianismo el 28 de octubre del año 312, gracias a la protección obtenida por la visión de la cruz en un sueño la noche antes a la batalla del Puente Milvio, victoria lograda en la guerra civil contra Majencio y que supuso el fin de la tetrarquía, convirtiéndolo en la máxima autoridad del Imperio Romano de Occidente.

Legitimado antes de la batalla por Dios, y después por el Senado y el Pueblo de Roma, el recién convertido emperador inmediatamente puso fin, mediante el Edicto de Milán (313), a la persecución de los cristianos y les otorgó libertad de culto. En realidad, el Edicto era un manifiesto de tolerancia hacia todas las religiones, aunque los acontecimientos posteriores determinaron que este hábil maestro de la realpolitik, apoyado en la teología política de su obispo de corte Eusebio de Cesárea, mudara la tolerancia inicial en una política de apoyo incondicional hacia la Iglesia, colmándola de privilegios y convirtiendo al cristianismo, en algo menos de quince años, en la religión del Estado y en un instrumento al servicio del mismo.

Abolido el castigo de la crucifixión (315) e introducido el domingo como festividad oficial (321), en 324 Constantino derrotó a Licinio, emperador de Oriente, logrando la unificación política de un Imperio dividido desde el ascenso al poder de Diocleciano, cuarenta años antes. Pero la unificación coincidió con la expansión por oriente del arrianismo antitrinitario, que pronto provocó profundas controversias doctrinales en un imperio necesitado de cohesión ideológica. Para alcanzarla, Constantino convocó y presidió -a pesar de no estar aún bautizado- el Concilio ecuménico de Nicea (325). No debe olvidarse que, como emperador romano, Constantino mantenía la pagana condición de Pontifex Maximus, máxima autoridad religiosa de la antigua Roma y asociada a la dignidad imperial desde Augusto. No deja de ser significativo que en Nicea se calificase a sí mismo como obispo y decimotercer apóstol, poniendo de manifiesto su autoridad para administrar todos los asuntos eclesiásticos, por encima de cualquier obispo, incluido el de Roma al que, por cierto, no invitó al Concilio.

Tras su muerte, los obispos de Roma, auténticos patricios gracias a los privilegios concedidos y beneficiados por el vacío de poder dejado tras la debilidad y posterior desaparición del Imperio, aspiran a convertirse también en la máxima autoridad religiosa como herederos del emperador. Un evidente objetivo político que exigía la potentior principalitas, la primacía del obispo de Roma sobre los demás obispos y, como tantas otras veces, fue necesario recurrir a la manipulación de la verdad histórica mediante dos falsificaciones medievales utilizadas por los Papas del Medioevo para justificar la figura de un Papa-Emperador, apelando a la ya mítica autoridad de Constantino.

Los Actus Sylvestri son una falsa biografía de Silvestre, Papa de dilatado mandato que coincidió con la mayor parte del reinado de Constantino y que fue presentado como el protagonista de su supuesta conversión y bautizo. El objetivo principal de esta invención, era garantizar la primacía papal sobre cualquier otro obispo del orbe y su reafirmación legal por Constantino, el primer emperador cristiano, afirmando con rotundidad que…confirió un privilegio a la Iglesia romana y al pontífice para que en todo el mundo romano los sacerdotes lo considerasen su cabeza, al igual que todos los funcionarios consideran al emperador.

Pero ante el vacío de poder político y frente a las apetencias de los emperadores del Sacro Imperio, el obispo de Roma también llegó a reclamar para sí el poder temporal de los emperadores. Para ello se recurrió a una segunda falsificación, la Donatio Constantini, en el que no sólo se pretendía confirmar la primacía espiritual del obispo de Roma, sino que también afirmaba que Constantino concedió a Silvestre el poder temporal sobre toda Italia, reconociendo al pontífice romano una autoridad superior a la de cualquier aspirante al trono imperial.

Con la Donación de Constantino, el Papa heredaba los poderes religiosos y temporales del emperador de Roma. Ambos documentos se consideraron auténticos durante siglos y sobre ellos el papado cimentó tanto su dominio temporal sobre esa gran parte de Italia que fueron los Estados Pontificios -hasta su desaparición en 1870-, como su imperio universal al que estaría sometida la voluntad del más poderoso de los reyes.

Fuente: ABC

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