LAS GUERRAS CÁNTABRAS

Tras convertirse en el dueño de Roma, Augusto decidió terminar la conquista de Hispania. En el año 26 a.C. emprendió una dura campaña en el norte peninsular, pero fue su general Agripa quien acabó con la resistencia cántabra siete años después.


Cuenta el historiador romano Suetonio que un miedo cerval se apoderaba de Augusto ante los rayos y truenos, y que siempre portaba en su equipaje una piel de foca con la que cubrirse ante una tormenta, poniéndose a buen recaudo en un lugar recóndito o abovedado. Éste fue el talón de Aquiles de Octaviano, el hombre que se había erigido en vengador de Julio César, que había acaudillado el bando vencedor en las guerras civiles contra los asesinos de éste, que más tarde había derrotado en Actium a las fuerzas de Marco Antonio y Cleopatra, y que había devuelto la tranquilidad a la República y los poderes al Senado. Esta última institución le confirió el título de Augusto y un consulado vitalicio, y le otorgó el mando de las tres provincias militares más importantes: la Galia, Hispania y Siria. Nadie había concentrado nunca tanto poder ni había merecido tanta confianza del Senado. De este modo, Augusto se constituyó en primer emperador de Roma. Era el 16 de enero del año 27 a.C., y compartía el consulado con Agripa, su general de máxima confianza.

Sin embargo, había unas expectativas que colmar: todos los grandes dirigentes republicanos se habían acreditado ante Roma como conquistadores y Augusto, por el momento, sólo tenía en su haber victorias contra romanos. Necesitaba hacer valer las armas de Roma en las fronteras, y para ello partió hacia las provincias de Occidente. En Roma se esperaba que tomara el camino de Britania, hacia donde César había lanzado ya dos expediciones exploratorias, pero el destino era otro. Tras pasar por la Galia, Augusto marchó hacia Tarraco (Tarragona). Allí asumiría los consulados de los dos años siguientes, 26 y 25 a.C., mientras emprendía el final de la conquista peninsular.

Dificultades en Hispania

Pacificar por fin Hispania, acabar lo que nadie había podido terminar antes durante centurias, aparecía como un objetivo de largo alcance político. La empresa entrañaba, además, un prometedor futuro económico con la explotación de las riquezas auríferas de los astures y de las minas de hierro cántabras en beneficio de la economía imperial, y estas jugosas expectativas alimentaban las ambiciones romanas.

Sin embargo, ninguno de estos motivos, ni la alta política imperial, ni la culminación del proceso conquistador, ni los móviles económicos, constituyó, en apariencia, el detonante de las guerras, que supuestamente fueron consecuencia de las expediciones de saqueo realizadas por los cántabros sobre tierras de los vacceos, sus vecinos del sur, perturbando la paz de los territorios conquistados por Roma.

Cuando Augusto llegó a Hispania, las operaciones ya estaban en marcha. De hecho, se tiene constancia de varios triunfos romanos anteriores. A decir del historiador romano Dión Casio, en el año 29 a.C. el general Estatilio Tauro habría sometido a vacceos, astures y cántabros. En realidad, lo más que cabe entender es que los primeros, los vacceos, fueron definitivamente pacificados, y que con ese avance se ponían las bases para consolidar las ofensivas posteriores. Otro historiador, Diodoro de Sicilia, cita a los vacceos como aliados de cántabros y astures, por lo que, dadas estas alianzas, resulta complejo asumir que dos años después haya un conflicto por saqueos cántabros sobre los territorios vacceos. Seguramente el suministro de grano durante las operaciones militares fue un problema severo para cántabros y romanos, y tal vez hacerse con el cereal de las despensas vacceas fuera clave para los cántabros a la hora de asegurar la resistencia ante las legiones.

En enero del año 28 a.C., otro general, Cayo Calvisio Sabino, merece un triunfo ganado en Hispania, y dos años más tarde, en febrero del año 26 a.C., Sexto Apuleyo gana otro reconocimiento similar. Está comúnmente asumido que estos triunfos reconocen operaciones contra los pueblos del norte, pero no hay pruebas definitivas de que sea así. Desde esta perspectiva, la llegada de Augusto se habría abordado como la decisión providencial por parte del emperador de terminar con un problema al que algunos de los más experimentados militares de Roma no podían poner fin. Con Augusto, la atención de Roma se centró en las guerras, y la información sobre la contienda aumentó hasta distorsionar lo ocurrido, para mayor gloria del emperador.

En el teatro de operaciones se movieron hasta siete legiones. Cuatro de ellas (V Alaudae, VI Victrix, IX Hispana y X Gemina) parecen haber actuado en el frente occidental, centrado en los astures, y las otras tres (I Augusta, II Augusta y IV Macedonica) se ocuparon del frente cántabro. A estas fuerzas se les añadieron varias alas de caballería y varias cohortes de auxiliares, hasta sumar en total no menos de 30.000 efectivos. Augusto estableció la base de operaciones en Sasamón (Burgos). Desde allí partió una ofensiva hacia el norte en forma de tridente, una maniobra con tres columnas de tropas para abrazar en su avance todo el ancho del territorio.Pero la campaña del año 26 a.C., dirigida por el emperador, se cerró con un fracaso: los cántabros no presentaban batalla y hostigaban los avances de las tropas romanas sin que éstas lograran victorias efectivas. La frondosidad de los bosques ayudó a las escaramuzas por sorpresa, pero hoy la arqueología demuestra que la línea de avance romana desde el interior hacia la costa siguió por lo alto de los cordales montañosos, y no por los valles, lo que hubiera hecho muy vulnerables a las legiones.

Triunfos efímeros

La batalla escamoteada acabó por frustrar al emperador. Dión Casio habla de«fatiga y preocupaciones», e indica que Augusto, enfermo, se retiró a Tarraco para reponerse. Según Suetonio, un episodio lo marcó profundamente: «Durante una marcha nocturna en su expedición contra los cántabros, un rayo pasó rozando su litera y mató al esclavo que le precedía para alumbrarle». Resulta un tanto extemporáneo imaginar a Augusto inmerso en plenas operaciones militares y desplazándose en litera; tal vez fuera porque ya estaba enfermo. Suetonio también completa el retrato de las tribulaciones imperiales. Narra que en esta campaña se le manifestaron dolencias que no le abandonarían durante el resto de sus días: «Una fluxión hepática lo redujo a la desesperación». Le aplicaron tratamientos de signo contrario y escasa eficacia, primero compresas calientes y luego frías.

Un episodio despertó la cólera de Augusto, el protagonizado por el «bandido» Corocotta. El mito que se ha creado sin demostración fehaciente vincula este personaje a los cántabros. El emperador ofreció 250.000 sestercios –una fortuna– a quien lo capturase, y el propio Corocotta se presentó a cobrar esta cantidad. El emperador, magnánimo, asumió haber caído en su trampa y le pagó, dejándolo marchar después.

Tras la retirada de Augusto, tomó el mando un experimentado general, Antistio, y en la campaña de 25 a.C., los acontecimientos se precipitaron. El aprovisionamiento de grano se había tornado un grave inconveniente para los romanos, pues cuenta el geógrafo e historiador Estrabón que una plaga de ratones puso en peligro el abastecimiento y se llegaron a promover recompensas por la captura de roedores. Desde Aquitania, en tierras galas, llegaron suministros por mar y un desembarco de tropas por la retaguardia costera. Los cántabros empezaron a presentar batalla en sucesivos escenarios que aún no se han identificado inequívocamente: bajo las murallas de Bergida o Attica, en el elevado monte Vindio, «donde creían que antes subirían las olas del océano que las armas romanas», y en el monte Medulio, a cuyos pies los romanos «cavaron un foso continuo de quince millas». Las legiones avanzaban de manera inexorable y los cántabros rodeados prefirieron el suicidio «con el fuego y con el hierro» a la rendición; en una suerte de último banquete con tintes rituales se inmolaron «con un veneno que allí se extrae comúnmente del tejo». En el frente astur, una traición de los habitantes de Brigantia advirtió a Carisio de que los astures habían bajado de las montañas y se disponían a atacar. Éstos se refugiaron en Lancia y los romanos expugnaron la ciudad.

Augusto estuvo más vinculado al frente cántabro, pues las victorias que culminaron con la claudicación del monte Medulio «parecieron al Senado –según el historiador Floro– dignas del laurel, pero tan grande era ya César, que despreció encumbrarse más con un triunfo». La cita da idea del tono laudatorio de las fuentes que narran las guerras cántabras y de lo distorsionadas que nos llegan las noticias de lo ocurrido. En Roma, el emperador fue recibido con el cierre de las puertas del templo de Jano, que se mantenían abiertas en caso de guerra, con lo que se reconocía la pacificación del Imperio, y los escritores de corte celebraron al victorioso príncipe. Horacio escribió: «Reducido está a servidumbre nuestro viejo enemigo de la frontera hispánica, el cántabro domado con tardía cadena», «al que no se le había enseñado a soportar nuestro yugo».

Al llegar a la capital, Augusto dedicó un templo en el Capitolio a Júpiter Tonante, la deidad de los rayos y truenos, «por haberle salvado del peligro». Suetonio recuerda que el resto de su vida visitó a menudo el templo. El emperador había ganado la guerra a los ojos de Roma, pero los cántabros no estaban pacificados y se sucedieron las revueltas. El episodio definitivo ocurrió en 19 a.C. Según Dión Casio, los cántabros esclavizados asesinaron a sus dueños, huyeron y retornaron a su tierra. Agripa llegó desde Sicilia y exterminó a «los enemigos en edad militar». Había sido preciso el mejor general para ultimar la guerra, pero, entretanto, se había forjado el mito de los cántabros indómitos

Fuente: National Geographic

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