AGNÓCIDE, LA GINECÓLOGA REBELDE

Como todo el mundo sabe, Atenas fue la primera democracia en la historia, en el siglo IV a.C. Sus ciudadanos tenían derecho a voto, a participar en la vida política y en la gestión de la polis. Era una sociedad modélica en lo político y cultural salvo que toleraba la misoginia. En el siglo IV a.C. los griegos habían promulgado leyes que impedían a las mujeres estudiar y ejercer la medicina y el practicarla podía significar la condena a muerte.

El aborto era muy común en el mundo antiguo y muchas mujeres parteras, además de atender partos, participaban en los abortos, facilitando sustancias a las embarazadas, que terminaban en abortos pero también con la muerte de la mujer. Debido a esto, se declaró ilegal que las mujeres atendieran a las embarazadas y se les prohibía ejercer la medicina.

Para los grandes filósofos de la época, Platón y Aristóteles, la mujer era considerada como una menor de edad y una mala copia de los hombres. La medicina griega sólo consideraba el mito masculino del Apolo sanador y de su hijo Aselepio o del sabio Centauro Quirón, que conocía todo sobre las hierbas sanadoras. Destaca la figura de Hipócrates, el padre de la medicina

Ciudadano era el varón nacido en Atenas, de progenitor ateniense y de condición libre. Los ciudadanos atenienses eran una minoría y no llegaban a representar ni el 25% del total de la población. El resto lo constituían, niños, extranjeros y esclavos.

Las mujeres tampoco formaban parte ya que no podían participar en la vida pública, ni podían ejercer actividad alguna. Sin embargo, algunas mujeres atenienses se rebelaban con esa injusta discriminación y lucharon por saltársela. La sociedad ateniense consideraba, que la mujer no pensaba con la cabeza, sino con el útero, con las entonces llamadas “últimas partes” (“histeria”), de ahí que fueran tildadas de histéricas

Agnócide fue una de esas mujeres atenienses que luchó por superar esta discriminación hacia lo femenino. Convirtiéndose en la primera mujer que ejercerá la ginecología.

Nace a mediados del siglo IV a. C. en la ciudad de Atenas. El nombre de Agnócide significa en griego “casta ante la ley”. Su padre era ciudadano ateniense y tenía una buena condición económica. Las mujeres atenienses eran controladas por sus padres, hermanos, esposos e incluso por sus hijos. Eran ciudadanas de tercera categoría.

Fue una niña curiosa y muy inteligente que poseía un carácter fuerte y tenía un insaciable interés por las cuestiones del mundo y de la ciencia. En su juventud se fue convirtiendo en rebelde, no conformándose con el destino señalado. Era de una gran sensibilidad con el sufrimiento de las personas y deseaba ayudar a las que sufrían. Por eso tuvo claro, desde el principio que debía estudiar medicina, pero con las leyes atenienses eso era un sueño imposible.

Un día hablando con su padre le dice:

“Soy consciente de que muchas mujeres y niños morirán durante el parto porque las mujeres sienten vergüenza a que les atendiera un hombre, y se enfrentan al parto sin ayuda de ningún médico. Para ayudarlas yo quiero estudiar medicina, más las leyes griegas no me lo permiten, así que estoy muy afectada ¿Dime sabio padre que puedo hacer?”

Su padre le responde:

“Hija mía, las mujeres griegas son señoras que se ocupan de la administración de la casa, del marido y de los hijos. En nuestro país, la medicina no es digna de los griegos, percibe que la ejercen los extranjeros, más no es adecuada a nuestra condición de ciudadanos. He procurado darte cuantos caprichos me has pedido hija, pero éste que ahora pretendes, es una decisión que contraviene la ley y quien no la cumpla se verá sometido a la justicia y si es encausada puede verse condenada a muerte… De todos modos hija, si tu quieres buscaremos solución… miedo me dan tus ideas”.

Con el consentimiento y apoyo de su padre se traslada a la ciudad egipcia de Alejandría para aprender del célebre médico Serófilo y de Herófilo que sostenía que el verdadero domicilio del alma estaba situado en las cavidades del cerebro.

Para poder estudiar medicina, tuvo que adoptar la forma masculina. Para ello, se transformó, cortándose el pelo, se vistió como hombre y para que no se le notarán los pechos, se puso un vendaje fuerte sobre los mismos.

En Alejandría vivió tiempos difíciles y apasionantes. Tuvo que aprender a comportarse como un hombre, para así poder relacionarse con sus compañeros de clase. Tuvo la satisfacción de instruirse en medicina con los mejores médicos del momento, en un trabajo que le entusiasmaba.

Agnócide al acabar sus estudios obtuvo muy buenas calificaciones. Regresa a Atenas para ejercer como médico, sin desvelar nunca su condición de mujer, así que siguió vistiendo y comportándose como un hombre.

Un día cuando regresaba hacia su casa, pasando por el foro, vio como una mujer que estaba acompañada de su marido se encontraba en el suelo, por sus síntomas, enseguida entendió que se encontraba en estado de parto, pues tenía las piernas manchadas de liquido amniótico ya que había roto aguas y estaba a punto de dar a luz. Agnócide se acercó con la intención de ayudarle y le dije que era médico. Ella inmediatamente cerró las piernas y se defendió cruzando los brazos y le dice:

“No no, está mi hijo llegando, más que no se acerque, ni este médico ni ningún otro. Ningún hombre ha visto mi cuerpo, y nadie lo verá, más que mi amado esposo, además lo ofrecí a los dioses por indicación de mi difunta madre. Hay que dolor”.

El marido le contesta:

“Alabó tu virtud, más en este momento todo es diferente, porque nuestro hijo llega y puede tener peligro al salir de tu vientre, es por ello que debes admitir la intervención de un médico para que os atienda, y advierte que este no es el momento de retrasos, sino de premuras así que toma la decisión justa teniendo en cuenta, que debes velar por nuestro fruto y por ti”.

Agnocide se acerca a la mujer y se levanta su túnica doctoral y le muestra que es mujer diciéndole “mira mi flor, es como la tuya, soy mujer como tú y al recibir mi ayuda, tu no quebrantas tu promesa.   Así que permite que intervenga”.

El parto salió perfecto y la mujer en señal de agradecimiento la fue recomendando a sus amigas. A partir de ese momento Agnócide comunicaba a sus pacientes que era mujer para que estas se sintieran cómodas.

A partir de entones, su clientela aumenta, lo que provoca un fuerte malestar en los otros médicos de la ciudad, porque se produce una merma económica de sus ingresos. Como forma de desprestigiarla hacen correr el rumor  de que corrompía a sus clientes. Decían “es uno de los que seduce y corrompe a las esposas de los hombres”. Con testimonios falsos, Agnócide es acusada de violación sexual con penetración a dos pacientes. Como consecuencia de esta denuncia, es llevada ante el Aerópago, sede del Consejo, que estaba formado de arcontes y magistrados.

Ante estos hechos Agnócide se defiende diciendo:

“Cuando aquellas mujeres sobornadas por mis envidiosos compañeros médicos hacen falsa declaración de violación, me veo en la obligación de revelar mi verdadera identidad de mujer. Esta es la prueba de que mentís y quitándose la túnica muestra su flor a la vista de todo el tribunal de magistrados, dando así a conocer que no podía realizar las atrocidades de las que se me acusaba”.

Quedó así la causa anulada por la falta de verdad en los hechos. Pero al mismo tiempo los hombres reclaman que sea castigada por ejercer la medicina siendo mujer. De este modo se le abre  un nuevo juicio, pero se le da tiempo para que pueda preparar su defensa de algo que no puede negar, pues ella misma lo ha reconocido, el haber ejercido la medicina. Ella era consciente del riesgo que se cernía de ser condenada a muerte por haber ejercido la medicina siendo mujer.

El escándalo que se produce en el Aerópago fue mayúsculo, con la desnudez de Agnócide. Ante el intento de condena de los hombres, las mujeres atenienses de todas las clases sociales se movilizan en defensa de su causa.

Las mujeres casadas con los ciudadanos que formaban parte de la Asamblea popular, Consejos, Arcontes y Estrategos presionaban a sus  maridos para que absolvieran a Agnócide.

Una multitud de mujeres se concentró ante el templo en defensa de ella, proponiendo morir con ella si era condenada y ejecutada. Al mismo tiempo deciden no tener relaciones sexuales con los hombres, para no tener hijos y así liberarse de quedar embarazadas y no tener que parir.

Cuenta el escritor latino Higinius en el siglo I A. C, que las mujeres increpaban a los magistrados “vosotros hombres no sois esposos sino enemigos, ya que condenáis quien descubrió la salud para nosotras”…. “Si ella no puede acercarse a nuestros cuerpos enfermos, tampoco lo haréis vosotros a nuestros cuerpos sanos”.

Los magistrados ante la presión que ejercen las mujeres, absuelven a Agnócide y le permiten que ejerza la medicina como mujer en Atenas y debe hacerlo vestida y peinada como mujer.

Al año siguiente, como consecuencia del caso de Agnócide, se modifica la ley para que las mujeres puedan ejercer la medicina y además puedan estudiarla. La única limitación que ponen es que sólo podrán tratar a mujeres.

Como consecuencia de esta nueva ley, se organizó la medicina para las mujeres. Las obstetrices o comadronas atenderían los partos sencillos, pero llamarían al médico si surgían complicaciones, y por otro lado, las ginecólogas serían expertas en las enfermedades propias de las mujeres.

La historia de Agnócide fue llevada a la literatura a través de una novela histórica “el faro de Alejandría”, escrita por Gilliam Bradshaw, que basada en esta historia nos cuenta las desventuras del personaje.  Obra excelentemente ambientada en el siglo IV a. C., con escenarios en Éfeso, Alejandría y Tracia.

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