EL SUPERVOLCÁN QUE DESTRUYÓ THERA

Hace alrededor de 3.600 años un enorme volcán destruyó Thera, la isla hoy conocida como Santorini. Los investigadores crean por primera vez una representación virtual de aquella floreciente civilización.

Quienes habitaban aquel pequeño rincón del mar Egeo ignoraban todavía el poder de destrucción de aquellas fuerzas desconocidas. Pero en algún momento cercano al año 1600 a.C. la actividad sísmica dio paso a un fuerte terremoto que destrozó numerosas viviendas de la isla. Los habitantes del puerto de Akrotiri lograron salir a tiempo a la calle. Durante unos días debieron de verse obligados a acampar al raso, mientras retiraban escombros e iniciaban la tarea de reconstrucción. Sin embargo, aquel seísmo no fue sino el amargo preludio de lo que vendría un par de semanas después: el volcán entró en erupción. Situada en el llamado arco Helénico, Santorini se encuentra en una zona de gran actividad sísmica. Entre 150 y 170 kilómetros por debajo de la isla, la placa Africana se hunde por debajo de la Euroasiática. Como consecuencia de este proceso de subducción, en la corteza terrestre se va acumulando magma. En aquella ocasión la acumulación fue tal, que la presión abrió las puertas del infierno.

Aquel día apocalíptico de poco les serviría a las gentes del Mediterráneo todo el conocimiento acumulado a lo largo de su historia sobre las fuerzas primigenias que dominaban su mundo.

Todo comenzó con un rugido sordo y una oscura nube gris, casi negra, que se elevaba desde la profunda caldera abierta unos 20.000 años antes por otra erupción volcánica en la parte occidental de la que hasta entonces había sido una isla redonda. Sobre Akrotiri empezó a caer una lluvia de ceniza y piedra pómez. Quien pudo agarró atropelladamente unas pocas pertenencias antes de emprender la huida.

Entonces se produjo un estruendo ensordece­dor. Una columna de cenizas y rocas volcánicas de más de 30 kilómetros de altura se elevó hacia el cielo. Flujos piroclásticos candentes barrieron la isla, y la cámara magmática se vació en un abrir y cerrar de ojos. Como consecuencia, el techo del volcán se vino abajo y se formó una caldera de hasta 400 metros de profundidad.

El mar que bañaba la isla –de pronto falciforme– empezó a bullir como un cazo de leche a punto de desbordarse. La enorme cantidad de material volcánico eyectado formó depósitos de hasta 60 metros de grosor, tal y como hoy puede apreciarse en los actuales acantilados de Santorini, que son las paredes de la antigua caldera. Todo quedó sepultado: personas, edificios y prácticamente todo ser vivo. Es posible que algunos isleños lograsen escapar en barco, pero a Christos Doumas, arqueólogo griego que lleva casi medio siglo investigando el lugar, le cuesta creerlo. «Seguramente no hubo supervivientes. Es probable que el camino del puerto sea un rosario de cadáveres enterrados bajo la ceniza volcánica.».

Fue una de las mayores catástrofes volcánicas de las que tenemos noticia, lo que hoy llamamos una erupción supervolcánica, mucho más violenta que la del Vesubio en el año 79 de nuestra era y similar a la del Krakatoa indonesio en 1883. Los investigadores intentan hacerse una idea de lo que ocurrió a continuación en el Mediterráneo.

Los científicos creen que el estruendo debió de oírse en lugares tan distantes como Escandinavia. A 400 kilómetros a la redonda reinó la oscuridad durante días enteros. Thera se quebró en tres partes y emergieron las islas menores de Therasia y Aspronisi. "La flora y la fauna fueron aniquiladas", escribe el geólogo Walter L. Friedrich, de la Universidad de Århus (Dinamarca); solo sobrevivieron al cataclismo un par de especies de caracol y algunos lagartos, serpientes e insectos que habitaban la cota más elevada de la isla, el monte Profitis Ilias, de 565 metros de altitud. Ríos y manantiales quedaron envenenados; el suelo, yermo durante generaciones.

Akrotiri, una de las primeras ciudades de Eu­­ropa, casi 17 siglos anterior a Pompeya y con una civilización altamente desarrollada, desapareció bajo el manto de ceniza y piedra pómez. El viento de poniente llevó la nube de cenizas hasta Asia Menor, que quedó cubierta por una capa de diez centímetros de grosor. Las olas de más de diez metros generadas por el consecuente tsunami azotaron las otras islas del Egeo. Durante meses la ceniza volcánica y la piedra pómez flotaron en el mar, empujadas por la corriente hacia el sudeste. La navegación y el comercio marítimo se paralizaron. Transcurrieron siglos hasta que Thera volvió a ser habitable.

La creencia de que era posible convivir con fuerzas sobrenaturales quedó profundamente maltrecha. Es probable que el horror ante la de­saparición de Thera acabara cristalizando en la creación de un mito que se extendería desde Egipto hasta Grecia.

Más de 1.200 años después del cataclismo, Platón lo recogería en sus diálogos Timeo y Critias. Desde entonces la leyenda de la Atlántida ha cautivado por igual a investigadores, literatos y buscadores de quimeras. Y la ausencia de datos constatables se ha visto suplida a menudo por su poder de fascinación.

Poseidón, el dios del mar –así empieza el mito–, creó una isla redonda para su amada Clito. Ella le dio cinco pares de gemelos. El primogénito, Atlas, se convirtió en el primer monarca de un reino de fabulosa belleza, cuyo centro se llamó Atlántida en su honor. Era más grande que el norte de África y Asia juntos (o lo que entonces se conocía de ellas). Poseidón dotó la isla de dos fuentes, una de agua fría y otra de agua caliente. El suelo era tan fértil que nadie pasaba hambre. En honor a su creador, la capital erigió un templo de 180 metros de largo y 60 de ancho. La Atlántida se convirtió en la mayor po­­tencia naval de su época. Un código prohibía que los gobernantes se enfrentasen jamás con armas y los obligaba a hacerse aconsejar por diez sa­bios. Sus habitantes vivían en paz y prosperidad.

Entonces llegó la decadencia moral. La naturaleza divina de sus gentes empezó a desvanecerse cuando dieron en mezclarse con mortales. Se dejaron llevar por el ansia de poder e iniciaron guerras. El castigo llegó de manos del padre de todos los dioses, Zeus, quien, según el relato platónico, envió «grandes temblores de tierra e inundaciones». El mar engulló la Atlántida.

Los mitos tienen la peculiaridad de existir al margen de demostraciones empíricas y pruebas irrefutables. Algunos investigadores afirman haber localizado la Atlántida: en Creta, en Sicilia y Cerdeña, en Malta, en las islas Canarias, frente a Túnez, en Asia Menor y los Balcanes, en Irlanda y en la Bretaña francesa. Muchos más en Santorini, la antigua Thera, por su originaria forma circular y su larga historia de vulcanismo.

Entre quienes otorgaban a la leyenda de la Atlántida una base histórica se contaba otro arqueólogo griego, Spyridon Marinatos, quien desde 1967 se empleó, pala en mano, en el estrato volcánico que desde hace 3.600 años sepulta la antigua Akrotiri. A 200 metros de la actual línea de costa localizó, ya en la primera jornada de excavaciones, vasijas de la Edad del Bronce. En años subsiguientes desenterraría las estructuras completas de tres viviendas y parte de otras diez.

Cuando en 1974 falleció Marinatos, su ayudante Christos Doumas quedó al mando de las excavaciones. Él reorganizó la zona para permitir el acceso a los visitantes. Levantó una cubierta de protección para la que hubo que clavar 95 postes en la tierra sin dañar el yacimiento. Bajo su dirección se ahondó más de 20 metros en el suelo: 15 metros de estratos de cenizas y piedra pómez y otros siete de roca volcánica. Al hacerlo, identificaron más viviendas –entre 20 y 25–, pero sin desenterrarlas. «Debemos preservar lo que tenemos –advierte Doumas–. Si siguiésemos excavando, deterioraríamos la capa protectora.»

 Nadie sabe tanto sobre la antigua Akrotiri como este arqueólogo nacido hace 81 años en Atenas. Cuando habla de ella, devuelve a la vida aquel mundo sepultado. Si bien es cierto que hasta la fecha no se ha encontrado ni un solo esqueleto humano, los frescos, reconstruidos meticulosamente a partir de fragmentos, hacen gala de una plástica y una fuerza expresiva sin parangón en la Europa de la Edad del Bronce.

«No sabemos en qué creían estas personas –dice Doumas–, pero no cabe la menor duda de que manejaban los conceptos de la muerte y del Más Allá.» A todas luces estaban convencidos de que debían hacer ofrendas a los dioses para que continuasen prestándoles amparo frente a las inclemencias meteorológicas y los seísmos. En las paredes de sus casas pintaban escenas de carácter religioso; un mural muestra una mujer, posiblemente una sacerdotisa, con los labios carmesíes y un mechón de cabello en forma de serpiente. Sostiene un incensario. Hay otras mujeres, con el cráneo rapado a excepción de un rizo en la frente y una cola de caballo, que recogen para ella flores de azafrán. Un mono y un grifo flanquean la figura femenina, erguida sobre un pedestal cual señora de los elementos.

Se plasmaba en alegorías artísticas la pugna perenne entre el hombre y la naturaleza? En otro fresco se representa a dos niños, sin más atavío que un guante y un cinturón, enfrentados en combate. La escena parece un duelo ritual. «La cultura era una respuesta a los elementos y a las duras pruebas del entorno», dice Doumas.

Los isleños también eran arquitectos competentes. Los cimientos de sus edificios se asentaban sobre un estrato de piedras volcánicas que atenuaba los temblores. Como avezados navegantes que eran, construían naves de 20 metros de eslora capaces de salvar en una singladura los 120 kilómetros que los separaban de Creta. Y eran activos comerciantes que llevaban preciados metales a las principales ciudades de la civilización minoica, tan pujante como pobre en materias primas: cobre de Chipre, obsidiana de Milos, plomo y plata de Sifnos. Regresaban cargados de maderas, verduras y cereales, que en Creta se daban mucho mejor que en su isla volcánica.

Así, a mediados del II milenio a.C. los habitantes de las Cícladas dominaban el Mediterráneo oriental. Llegaron hasta las costas de Asia Menor y del Levante mediterráneo. Se han hallado pruebas de que su cerámica viajó hasta Marsella y Menorca, y de que llevaron ámbar del Báltico al Mediterráneo oriental a través de su extensa red comercial. Probablemente incluso hasta la corte de los faraones.

La erupción volcánica acabó de golpe con ese comercio, pero la civilización que floreció en Thera durante la Edad del Bronce todavía ejerce una gran fascinación. Unos 170.000 turistas se pasean todos los años por los 12.000 metros cua­drados de la estructura que cubre el yacimiento arqueológico de Akrotiri. Para evitar grandes fluctuaciones térmicas en el interior, el techo está revestido por una fina capa de tierra y hierba, que junto con las superficies acristaladas se integra armónicamente en el entorno. Cuando en verano el calor del interior resulta insoportable, las ventanas se abren automáticamente, y unos ventiladores invisibles aportan refrigeración.

 Recorro el yacimiento en compañía de Immo Trinks, del Instituto Ludwig Boltzmann de Prospección Arqueológica y Arqueología Virtual, ubicado en Viena. Este geofísico alemán de 42 años inició un proyecto cuyo objetivo era documentar la antigua Akrotiri. Su equipo ha medido el yacimiento con un escáner láser en 850 puntos distintos. «Así hemos generado una vasta nube de puntos fotorrealista», explica: una modelización milimétrica de la ciudad.

Nos dejamos cautivar por los detalles que re­velan el esplendor y la inventiva que aquí se die­ron cita hace más de 3.600 años. Reconocemos vestigios de conducciones para las aguas pluviales y residuales, canalizadas desde las viviendas por debajo de la calle; vemos despensas con recipientes para frutas, verduras y harina. Doumas y los otros arqueólogos han descubierto que un molino distribuía el cereal molido a los vecinos.

Las casas tenían junto a la puerta de entrada ventanas que inundaban de luz todas las estancias. Contemplamos paredes que parecen de marfil pulido. Una letrina, con la pared revocada hasta la altura del asiento. Y moldes de yeso de camas y otros muebles, obtenidos por vaciado, que los habitantes de la ciudad dejaron abandonados cuando huyeron de aquel infierno.

Los callejones empedrados que discurrían entre las viviendas eran tan angostos que dos mulas de carga que se cruzasen habrían pasado con dificultad. Las casas disponían de escaleras de madera y de piedra apoyadas sobre vigas de madera y pilones de barro, para disminuir así el riesgo de que las paredes se viniesen abajo arrastradas por la escalera en caso de seísmo.

De pronto nos topamos con un hoyo oscuro y me doy cuenta de que debemos de estar caminando por la parte alta de las casas: el nivel al­canzado por las excavaciones de Doumas. «Lo que vemos ahí abajo son muros antiguos –apunta Trinks–. Probablemente este sea el tercer piso de una vivienda. ¿Qué otra civilización de la Edad del Bronce levantaba edificios como este?»

Immo Trinks y Doumas dirigen un equipo internacional, del que forman parte Andreas Vlachopoulos, arqueólo­go de la Universidad de Ioánnina (Grecia), y Maurizio Forte, experto en arqueología virtual de la Universidad Duke (Estados Unidos). La reconstrucción digital generada por el Instituto Ludwig Boltzmann en colaboración con la empresa 7reasons, también austríaca, no se limita a las edificaciones: también recrea la vida cotidiana de la ciudad añadiendo personas, animales o escenas festivas. Los rigurosos datos científicos se enriquecen con interpre­taciones artísticas, siempre sobre la base de los hechos. «Queremos que el público se forme una idea lo más aproximada posible de cómo era este lugar en aquel momento», explica Trinks.

Además de escáneres láser, los científicos em­­plean otros instrumentos de medición. En una zona contigua al yacimiento se puede observar estos días un panorama curioso: un hombre em­­puja por el asfalto una especie de cortacésped, mientras a 30 metros de altura vuela una cometa con cámara incorporada. El cortacésped resulta ser un georradar con el que los investigadores buscan vestigios de asentamientos en el subsuelo. La cámara de la cometa genera imágenes aéreas a partir de las cuales se crean modelos digitales del terreno. La combinación de unos y otros da­­tos culmina en descubrimientos arqueológicos sin haber retirado una sola palada de arena.


Es hora de cenar en el campamento, y en las mesas comparten espacio los ordenadores portátiles y el puchero de judías. Arqueólogos y técnicos recogen la cosecha de datos de la jornada. Al cabo de un rato de trabajo, a Klaus Löcker se le ilumina la mirada. «Mire estas líneas negras: ¡son estructuras de muros! –exclama el arqueólogo del Instituto Ludwig Boltzmann–. Por fin sabemos cómo era este lugar hace 3.600 años.» Las ruinas están –quién lo diría– a apenas medio metro por debajo del asfalto.

Al día siguiente nos desplazamos a Potamós, un antiguo valle fluvial prácticamente seco, a seis kilómetros al este del sitio arqueológico de Akrotiri. Recorremos la roca parda, a veces rojiza, otras grisácea; huele a orégano, aquí muy abundante. Mario Wallner, el experto en mapas y planos del equipo, conduce al grupo sobre los pasos del arqueólogo alemán Robert Zahn, quien en 1899 desenterró en algún punto de la zona restos de redes de pesca, una cadena de oro y fragmentos de vidrio. Con ayuda de una foto de la época debería ser capaz de identificar el lugar. ¿Hasta dónde se extendía la antigua Akrotiri?

En la margen del río distinguimos una serie de oquedades cavernosas. Wallner se introduce en una de ellas. «El techo no tiene ni 80 centímetros de grosor», dice desde dentro. ¿Es una sepultura de una época muy anterior? Ya en el exterior, el científico señala en la piedra unos surcos finísimos. «Podrían ser marcas de cincel. Con unos techos tan frágiles, sería bien fácil horadarlos.»

¿Se utilizó en algún momento una necrópolis antigua como cantera de la que extraer material de construcción? Es demasiado pronto para afirmarlo. Los investigadores deben antes escanear el lugar y hacer mediciones exactas y exhaustivas.

Sin embargo, en menos de una hora el grupo ha encontrado el lugar exacto de la fotografía de Zahn. Ahora saben dónde excavó. Fue en la otra orilla, en una zona que hoy se ha convertido en campos de patatas dispuestos en terrazas. ¿Era el río el límite de la ciudad? Pasamos por delante de una casa de labranza. Un anciano campesino se acerca a nosotros, descalzo. «Aquí hay cascotes de cerámica por todas partes», nos dice.

Subo con Trinks la «Montaña Roja», que descuella unos 60 metros sobre el yacimien­to. Desde lo alto se domina gran parte de Santorini. Con buen tiempo llegan a adivinarse en el horizonte los montes de Creta.Tengo en mente el famoso fresco de los Barcos, cuyos fragmentos se hallaron en la planta superior de la Casa Oeste, una obra de arte que se conserva en un almacén del Museo de Prehisto­ria de la Isla de Thera porque no hay espacio para exponerla. En la composición se han representado ocho embarcaciones que navegan de una ciudad, pintada en el margen izquierdo, a otra que aparece en el margen derecho. Leones o tal vez guepardos adornan los costados de las naves. Entre los barcos, los delfines quiebran el agua con sus saltos. En tierra se ven personas subidas a altozanos y azoteas. Una procesión de jóvenes atraviesa una de las puertas de la ciudad. En el fresco también figura la representación de un río sinuoso, con una detallada descripción de la naturaleza circundante, en una de cuyas riberas un gato montés y un grifo persiguen su presa.

¿Es una regata? ¿Un ritual? ¿Una fiesta náutica? ¿Alguien se casa? ¿Alguien regresa de la guerra?  Doumas opina que se trata de la autorrepresentación de un mercader acaudalado. Parece plausible que se tratase de un armador de éxito. «Quería demostrar que tenía contactos en el mundo exterior –aventura–. La gente de entonces tampoco hacía ascos a un poco de autobombo.»

El paisaje que hoy contemplamos es muy parecido al del fresco. La población representada a la derecha podría ser Akrotiri. Es muy posible que en su día hubiese dos puertos naturales.

Trinks se acuclilla y toma un puñado de fragmentos de yeso, minúsculos, coloridos. «Son restos de murales de la Edad del Bronce. Es in­creíble que estén aquí, al alcance de la mano.»

Spyridon Marinatos, que excavó en esta colina hace 50 años, encontró «imponentes muros, signo de prosperidad». El equipo de Trinks acaba de localizar con el georradar dos estructuras, quizá conectadas por un muro. ¿Una era de trilla no demasiado antigua? ¿O una atalaya de la Antigüedad? «Todavía no tenemos explicaciones para todo», dice el geofísico.

Pero por el momento aquí no habrá excavaciones. Entiendo por qué cuando visito el taller de frescos del yacimiento, donde encuentro a los restauradores Litsa Kalampouki y Nikos Sepetzoglou concentrados en su tarea, un verdadero trabajo de Sísifo. Hasta el último pedacito de mural localizado en las ruinas se guarda en el almacén: más de 1.000 cajas con cientos de miles de piezas. Se limpian con acetona, se fijan con adhesivo, se agrupan y numeran. Luego se colocan sobre un lecho de grava y se componen en un marco conforme a un bosquejo de la pared.

El taller cerámico es más de lo mismo. La sala está atestada de cerámica reconstruida: magníficas ollas y vasijas, recipientes que rondan la altura de una persona, una bañera policromada, un molde de hornear y una colmena de cerámica. Los restauradores lo tienen todo meticulosamente inventariado. Van por la pieza número 12.463. Pero no hay fondos para exponerlo todo. Ni siquiera para pagar a los restauradores.

Con la premisa de reducir las intervenciones arqueológicas al mínimo, los científicos del Instituto Ludwig Boltzmann se proponen preservar por la vía de la digitalización este pedazo de historia de la civilización, cuyo estudio ha sido el trabajo y la pasión de Marinatos, Doumas y otros arqueólogos. Hacen bien en apresurarse: todo cuanto sucede en Akrotiri sigue estando a merced de las fuerzas de la naturaleza. Santorini se encuentra en una de las zonas tectónicas más agitadas del mundo. La isla de Nea Kameni, enclavada en plena caldera, emergió en 1707 fruto de nuevas emisiones de lava. Entre 2011 y 2012 se ha elevado 15 centímetros.

A siete kilómetros de la costa nororiental de Santorini, el volcán submarino Kolumbo se agazapa bajo las aguas. Su cráter se abre a tan solo 12 metros de la superficie. Desde hace años se registra en sus inmediaciones la mayor actividad sísmica de la región. Los datos científicos indican que podría dar un nuevo zarpazo a Santorini.

Bob Ballard, Explorador Residente de National Geographic especializado en las profundidades submarinas, ha investigado el Kolumbo y las fuentes hidrotermales de su entorno. «No podemos olvidarnos de este volcán –advierte–. La probabilidad de que entre en erupción es mucho más alta que en la propia Santorini.»
¿Habrá una nueva erupción? ¿Un gran terremoto? ¿O, como hace 3.600 años, ambas cosas? «El riesgo existe –admite Trinks–. Bastaría un par de temblores de tierra para echar abajo todos los muros excavados.»

Hoy la antigua Akrotiri está a salvo bajo tierra, protegida por el estrato volcánico, pero también lo estará en el disco duro de un ordenador.

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