CORNELIO SILA, EL DICTADOR «DEPRAVADO» Y PELIRROJO QUE ODIABA AL JOVEN JULIO CÉSAR

Acusado de llevar «una existencia depravada», Sila bebía mucho y era un hombre sexualmente muy activo, con amantes tanto masculinos como femeninos. Entre los primeros destacaba un actor griego llamado Metrobio, que, junto a su esposa Valeria, formaron un triángulo amoroso hasta los últimos días de su vida.


Cuando Lucio Cornelio Sila decidió renunciar al cargo de dictador que había ejercido con mano dura durante dos años, el joven Julio César –enemigo declarado del veterano romano– se burló de él diciendo que su decisión demostraba que no conocía ni las primeras letras del abecedario. Sila, el primero de los dos dictadores que dinamitaron la República, debía saber menos letras que Julio César, pero el murió por causas naturales y no acuchillado por medio centenar de senadores.

Frente al desbordante encanto de Julio César, Sila ha quedado etiquetado injustamente como uno de los villanos de la historia, un hombre antipático, brutal, sanguinario y de inconmensurable apetito sexual. Tampoco ayudaba que el dictador romano fuera pelirrojo, que, sin ser determinante, estaba considerado un mal presagio entre los romanos.

Nacido en el seno de una pequeña familia aristocrática de segunda fila, Lucio Cornelio Sila tuvo que ponerse al frente de una casa con más deudas que rentas a la muerte de su padre. Lejos del terrorífico aspecto físico que años después adquiriría, probablemente exagerado por la propaganda enemiga, el atractivo físico del joven Sila –pelirrojo y de piel clara– le permitió frecuentar con éxito el mundillo del teatro y seducir a varias cortesanas de lujo con amplios recursos económicos. Con el patrimonio que le legó una de ellas y el dinero que recibió con la muerte de su madrastra, el romano inició de forma tardía su carrera política a los 30 años de edad. Su primer cargo fue como cuestor, en el año 107 a.C, durante la guerra contra el rey de Numidia, Jugurta, y lo hizo bajo el mando de Cayo Mario.

Conocido como el tercer fundador de Roma por su reforma del ejército, Mario fue uno de los generales más brillantes en la historia de la República y ejerció el consulado siete veces a lo largo de su vida, algo sin precedentes. Cuando Sila se puso bajo su servicio, Mario no pudo sino protestar por la imposición de un hombre considerado afeminado, a quien se rumoreaba que le faltaba un testículo, y manchado por las bajas pasiones debido a su vinculación con el mundo del teatro, según las consideraciones de la época.

No en vano, Sila destacó rápido por sus servicios a la República cuando trabó amistad con el rey Boco I de Mauritania, familiar de Jugurta, y consiguió que entregara al escurridizo rey africano a Roma. El prestigio militar de Sila creció de cero a cien, pero en vez de ganarse la admiración de Mario –según apunta el historiador clásico Plutarco– generó la primera fricción política entre ambos, puesto que aquél se volvió envidioso del éxito de su subordinado y éste no hacía sino echar leña al fuego con una actitud arrogante. Todavía bajo las órdenes de Mario en las sucesivas campañas contra las tribus bárbaras de los años 104 a. C. y 103 a. C, la disputa entre ambos se manifestó en toda su amplitud tras la victoria sobre los cimbrios, al reclamar Sila sin éxito que se le otorgara más reconocimientos por su actuación en la guerra. Nada, sin embargo, comparado con el odio primitivo que iba a desencadenar la guerra social de 91 a. C.

Tras hacerse cargo de forma brillante del gobierno de Cilicia (en la actual Turquía) como propretor, Sila regresó a Roma a recoger los beneficios de tanto esfuerzo. Sin embargo, Mario se encargó de que en vez de honores le esperara un humillante proceso judicial por corrupción. Fue en este instante cuando las tensiones entre Sila y Mario se convirtieron en abierta hostilidad. Aunque se libró de una condena judicial, el prestigio de Sila quedó gravemente dañado por las acusaciones y hubo de retirarse de la actividad pública durante los siguientes tres años. La conocida como la Guerra Social removió los pilares de la República y abrió la oportunidad a que Sila regresara a la política, aunque no fuera de una forma muy convencional.

La reiterada reclamación de los aliados latinos de Roma, que servían en su ejército y eran injustamente tratados, de que no recibían los beneficios sociales que se merecían estalló en violencia a partir del 90 a.C, donde ejércitos con tácticas y doctrina militar similares se enfrentaron entre sí. Mario brilló en los primeros compases del conflicto, pero probablemente su mala salud impidió que obtuviera la victoria completa socavando su auctoritas. Así fue Sila quien se distinguió como comandante cuando estaba a punto de finalizar la guerra. Presentándose como el sofocador de la rebelión, el romano obtuvo su tan anhelado consulado en el año 88 a. C, junto a Quinto Pompeyo Rufo, y se postuló para obtener el mando en una guerra contra el rey Mitríades VI de Ponto. Sin embargo, Mario maniobró para recibir esta responsabilidad, lo cual cayó como una grave ofensa hacia Sila que, con las seis legiones que ya había alistado para la guerra, se lanzó contra Roma «para liberarla de sus tiranos».

La ciudad fue ocupada sin oposición y Cayo Mario salvó su vida por muy poco, aunque su salud mental quedó dañada. Se dice que padecía alucinaciones en las que creía dirigir tropas imaginarias. En tanto, Sila dirigió las tropas a luchar contra Mitrídates, en un conflicto que duro varios años y le dejó demacrado físicamente a causa de los rigores militares. Su piel quedó quemada –probablemente sufrió en su madurez alguna enfermedad degenerativa de la piel– y su cabello pelirrojo escaseó hasta clarear, dándole un aspecto terrorífico en el conjunto, siempre ataviado con un sombrero en su vejez, según las descripciones de la época.

Pese a su mala salud, Mario reunió apoyos y reconquistó Roma en el año 87 a.C. manchando las calles de sangre en una represión sin precedente contra los aliados de Sila. Mario y su aliado Cinna se declararon cónsules para maquillar el hecho de que habían asumido el poder a la fuerza, pero de forma repentina el veterano general falleció dejando descabezado el bando de los populares frente a los optimates, con Sila a la cabeza. Posteriormente, la muerte de Cina durante un motín militar dejó en bandeja la victoria de los optimates. Los encarnizados combates que tuvieron lugar en el verano de 83, la primavera y el verano de 82 pueden ser considerados la primera guerra civil entre romanos. Al final del conflicto, los optimates capturaron a 12.000 populares, que fueron recluidos en el Campo Marcio, donde 3.000 de ellos fueron ejecutados por orden de Sila. Ante los terribles gritos y lamentos, el veterano se sonrió y pidió calma: «Solo están castigando a unos golfos». La victoria de Lucio Cornelio Sila fue seguida de una dictadura ilimitada, un sistema sin precedentes en la historia de Roma.

La figura del dictadura era dentro del sistema republicano un mando extraordinario que se confería a una persona, el dictator, en momentos de extrema gravedad. Como ejemplo, Quinto Fabio Máximo fue designado dictator en 217 a. C, tras el desastre del Lago Trasimeno, para hacer frente a la enorme amenaza que suponía Aníbal Barca. Pero pasada la crisis, Quinto Fabio Máximo renunció al cargo y el Senado recuperó sus competencias. Al contrario, Sila se nombró dictator rei publicae constituendae («dictador para el restablecimiento de la República») por tiempo ilimitado e inició una represión política igual de sangrienta, o incluso superior, a la realizada por Mario años antes.

Una lista de proscritos clavada en el Foro señalaba quienes debían perder todos sus derechos como romanos y morir, siendo perfectamente legal que fuera a través de un método violento. Las cabezas de cientos de proscritos terminaron decorando las paredes del Foro. Sus propiedades pasaron a ser propiedad de Sila y del Tesoro, que sin embargo se mostró muy generoso en el reparto entre sus seguidores. Entre estos beneficiados se encontraba Cneo Pompeyo Magno –conocido como el adulescentulus carnifex (el «adolescente carnicero») por ser el verdugo de muchos de los proscritos de la lista de Sila– que en el futuro formaría el primer triunvirato con Julio César y Marco Licinio Craso.

Además de por sanguinaria, la etapa de Sila al frente de Roma fue conocida por el profundo proceso de reformas aplicado en poco tiempo, solo igualado por Julio César cuando consiguió también el cargo de dictator décadas después. Aumentó el Senado hasta doblar su número de miembros, redujo poder a los tribunos de la plebe –que en el pasado habían sido usados por ambiciosos aristócratas del bando de los populares para iniciar sus carreras políticas–, reformó los tribunales y el acceso a las magistraturas. Una vez completadas las reformas, Sila sorprendió a sus rivales abandonando la dictadura a finales del año 80 a.C. Mucho más tarde, Julio César diría «Sila, al renunciar a la dictadura demostró que no sabía ni las primeras letras del abecedario».

Sin interés por aprenderlas, el tirano se retiró en paz a una finca en el campo junto a su segunda esposa, Valeria. Su primera mujer, una rica patricia que había impulsado su carrera política, falleció en las complicaciones de un parto de gemelos y, siendo miembro del sacerdocio de augures, Sila se divorció cuando todavía agonizaba porque, según las normas de la orden, su casa no podía verse contaminada por una muerte en caso de festividad. Valeria y la escritura de sus memorias ocuparon todo su tiempo durante su retiro.

La mala salud influyó enormemente en la decisión de retirarse de Sila, al que las lenguas maliciosas le acusaban de llevar «una existencia depravada». Desde joven, Sila bebía mucho, se daba grandes festines y era tenido por un hombre sexualmente muy activo, con amantes tanto masculinos como femeninos. Entre los primeros destacaba un actor griego llamado Metrobio, que, junto a su esposa Valeria, formaron un triángulo amoroso hasta los últimos días de vida de Sila. Entre la leyenda negra y la realidad, los rumores sostienen que el retiro del dictador fue sucedido por desenfrenadas fiestas y orgias celebradas con su nueva esposa en la villa campestre de Puteoli, en Campania, donde participaban tanto hombres como mujeres, la mayoría procedentes del mundo del teatro. En el 78 a. C, Cornelio Sila falleció súbitamente provocando que Valeria y Metrobio tuvieran que huir a Grecia ante las acusaciones de depravación. Según las escabrosas fuentes del periodo, una extraña enfermedad causó la podredumbre de su carne y llenó su cuerpo de ácaros hasta matarlo.

Tras Sila, Julio César sería el segundo dictador por tiempo ilimitado de la República Romana y también el último, dado que su asesinato marcó el principio del Imperio romano. En muchos sentidos, la carrera de Sila fue precursora de la de Julio César, aunque irónicamente fueran enemigos declarados. Sobrino de Cayo Mario y casado con la hija de Cinna, Julio César tenía 18 años cuando las tropas de Sila tomaron Roma por segunda vez y comenzaron la persecución del bando de los populares, con el que el joven estaba estrechamente vinculado. Sila le perdonó la vida, probablemente porque no era alguien con riquezas, pero le reclamó a cambio que se divorciarse de la hija de Cinna. César se negó, a pesar de las amenazas y ofertas de favores del dictador, y tuvo que abandonar la ciudad cuando empezó a temer por su vida.

La madre de Julio César consiguió el perdón para su hijo pidiéndo misericordia, pero Sila jamás olvido el desafío de ese joven que tanto le recordaba a su tío, Mario, y a él mismo de joven. Según la leyenda, cuando finalmente Sila cedió en permitir el regreso del molesto joven advirtió: «Salíos con la vuestra, quedaos con él, pero sabed que este hombre, que tanto afán deseáis incólume, llegará un día en que acabará con la nobleza por la que habéis luchado conmigo; pues en César hay muchos Marios». Solo tras la muerte del dictador, Julio César pudo despegar su carrera política y llevarla mucho más lejos de lo que había hecho su tío.

ABC