LOS «INMORTALES»: LOS GUERREROS DE ÉLITE PERSAS

A pesar de que han pasado a la historia por el miedo que causaban entre sus enemigos, estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos.

Apadana de Persépolis, relieve s. V a. C. Arqueros y lanceros
Han pasado a los libros de Historia como los «Inmortales». Un nombre que no adquirieron únicamente por sus habilidades militares -que también- sino porque, cuando uno de ellos caía muerto en batalla, se reclutaba inmediatamente a otro soldado para cubrir su baja.

Cuando los «Inmortales» comenzaron a ganarse sus medallas sobre el campo de batalla, los territorios dominados por los persas abarcaban desde Egipto, hasta el actual sur de Afganistán. Una extensa región imposible de defender por tropas «nacionales» y que llevó a los monarcas de este Imperio a usar un buen número de unidades mercenarias para lanzar ataques sobre sus enemigos (principalmente Grecia) y garantizar que ni un ápice de tierra caía en manos ajenas.

«Las tropas persas eran [escasas] tanto para extender el Imperio como para defenderlo. Los mercenarios, iranios y no iranios, se usaron [por ello] intensamente. Los pueblos iranios de Asia Central -bactrianos, cadusios y saka- eran una fuente importante de ellos. Estas fuerzas podían ser contratadas temporalmente, aunque lo más frecuente era que se mantuviesen de forma permanente o semipermanente. Los ejércitos enviados en operaciones ofensivas, como las invasiones de Grecia, estaban predominantemente compuestos de mercenarios», explica el historiador especializado en Grecia y Roma Philip de Souza en su obra «La guerra en el mundo antiguo».

A pesar de la importancia de los pueblos que ponían su espada al servicio de estos reyes (ya fuera a cambio de dinero o por no ser destruidos), los persas contaban también con un núcleo de guerreros «nacionales» (persas y medos –una tribu Tracia-) que solían ser de dos tipos. Los primeros eran combatientes de entre 20 y 25 años que eran llamados a filas después de haber recibido instrucción militar. «De los 5 a los 20 años, a los varones persas se les enseñaba equitación, tiro con arco y a decir la verdad. Después de ese período de entrenamiento militar permanecían disponibles para el servicio», añade Souza.

Apadana de Persépolis, relieve s. V a. C.
Soldados persas y medos, estos últimos llevan sombreros redondos.
Los segundos eran mucho menos habituales. Consistían en militares cuya vida estaba destinada a guerrear y que, como profesionales que eran, formaban un núcleo permanente de combatientes. Entre ellos se destacaban, precisamente, los «Inmortales». El contingente resultante podría parecer temible, pero nada más lejos de la realidad. Al menos, así lo afirman divulgadores históricos como David F. Burt, quien es partidario de que, aunque cuantitativamente los persas contaban con un ejército de grandes proporciones, a lo largo de la historia quedó demostrada su escasa efectividad en combate directo.

Independientemente de si podían o no arrasar al enemigo por sus artes militares y no por su número –algo discutido a lo largo de los siglos- el ejército persa contaba con una estructura muy concreta basada, como bien explica De Souza, en el sistema decimal.

La base de sus ejércitos eran las unidades de 10 guerreros, las cuales eran conocidas como «Dasabam» (dirigidas por un «Dasabapatis»). Diez de ellas formaban un «Satabam» (con un total de 100 hombres) que, a su vez, era dirigida por un «Satapatis». A su vez, una decena de estos grupos (1.000 militares en total) formaban un «Hazarabam», el cual estaba a los mandos de un «Hazarapatis». Finalmente, diez de estos regimientos daban lugar a una división. Esta era conocida como «Baivarabam» y rendía cuentas ante un «Baivarapatis». El «Baivarabam» más conocido era el de los «Inmortales», al estar formados por un total de 10.000 militares curtidos.

A nivel práctico –y a pesar de que los ejércitos fueron variando según pasaban los siglos- entre los años 600 y 400 a.C. la fuerza del contingente persa se encontraba en sus arqueros y su caballería. Los primeros solían causar terror en los griegos con sus saetas y, durante la batalla, se ubicaban tras una línea de guerreros (conocidos como sparabara) ataviados con un gran escudo. Estos eran los encargados de protegerles. «Parece que el “dasabam” de diez hombres conformaba la unidad básica de infantería y formaba en una única hilera en batalla. […] Tras el muro de escudos, el resto de su “dasabam” se disponía en una profundidad de 9 líneas, cada combatiente armado con un arco y una espada curva [formando todos] una muralla de escudos», explica el historiador especializado en la época griega Nicholas Sekunda en su dossier «El ejército aqueménida».
Primera fila: soldado de infantería con un gran escudo y una lanza, a continuación los arqueros. Los últimos son los comandantes y supervisores. Esta formación era buena para la defensa, pero pobre para el ataque.

Por otro lado, la segunda pata de este poderoso contingente eran los caballeros. Estos podían ser ligeros (encargados de acosar al enemigo disparándole flechas o jabalinas) o pesados (de los que no hay apenas constancia más allá de alguna batalla en la que se afirma que había persas a caballo equipados con lanzas).

Si algo hay que agradecer al cine –y en especial a la película «300», es que nos haya recordado la existencia de esta unidad. Sin embargo, la verdad es que este grupo de combatientes era bastante diferente a la que nos muestra el largometraje. Para empezar, porque en la película los presentan ataviados con unas máscaras que en realidad nuca portaron, armados con dos espadas (cuando solían combatir con una lanza) y, finalmente, porque se afirma que eran la élite del ejército persa (una verdad a medias).

Y es que, no todos ellos pertenecían a lo más alto del escalafón militar. La realidad, por el contrario, es que esta unidad abarcaba un «Baivarabam» (10.000 soldados) y que empezaron a ser conocidos como «Inmortales» después de que el historiador Heródoto afirmara que siempre mantenían una misma composición. «Si un hombre resultaba muerto o caía enfermo, la vacante que dejaba se cubría al momento, así que el total de este cuerpo nunca constaba de menos ni de más que de 10.000».  Siempre según Heródoto, los inmortales contaban con cierta preparación extra al ser una de las pocas unidades del ejército que nunca era desmovilizada al terminar la guerra. Además, como bien señala el historiador clásico, tenía la particularidad de que debía estar formada únicamente por persas.

Detalle de un jinete persa sin escudo vestido a la 
usanza de los medos y tocado con la tiara persa. 
Sarcófago de Alejandro
«Por un lado, los “Inmortales” representan la mística que posee cualquier cuerpo de élite militar. De entre una masa de combatientes, siempre hay un grupo selecto al que se le teme especialmente por su preparación y valentía. No es difícil que ese grupo alcance la categoría de mito, como en otros muchos casos a lo largo de la historia.», explica el historiador y periodista Jesús Hernández.

Ese carácter de cuerpo permanente (además de las múltiples batallas en las que participaron –y vencieron- en Asia Menor y Egipto) provocó que la fama de esta unidad fuese aumentado. Además, les granjeó algunos beneficios y ventajas dentro del mismo ejército. Algunas son señaladas por Hernández en su obra: «Este cuerpo de élite disfrutaba de algunos lujos impensables para otros soldados. Siempre los acompañaba una caravana en la que viajaban mujeres y disponían de criados, ataviados con lujosos ropajes». Por descontados, solían partir a la contienda ricamente vestidos y, en palabras de Heródoto, sus vituallas y su comida eran transportadas de forma independiente a las del resto del contingente por su mayor importancia.

Dentro del «Baivarabam» de los «Inmortales» (es decir, de los 10.000 hombres), había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa. En palabras de De Souza, todos ellos debían ser nobles. «Estos hombres eran denominados “melophoroi” o “portadores de manzanas” porque sus lanzas estaban rematadas en manzanas de oro, y eran los doryphori –“que en griego se traduce como soldados armados con lanzas”- de su rey», añade Sekunda. No obstante, parece que su nombre oficial era el de «arstibara» (literalmente, «portadores de lanzas»).

Reconstrucción del Jinete Persa
Acrópolis de Atenas. 
Heródoto ya había hablado de ello al explicar el orden de batalla que el ejército del rey persa Jerjes mostró en un desfile militar antes de atacar Grecia en el siglo V a.C.: «Detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que costaba de 10.000. 1.000 de ellos iban cerrando alrededor de todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza granadas de oro. Los restantes 9.000 que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata».

Los «arstibara», como regimiento de élite de los «Inmortales» y guardia privada del monarca y de su palacio, contaban además con un «Hazarapatis» (un oficial al mando) con una habilidad reconocida y de gran respeto entre sus iguales. Y es que, además de labores puramente militares, este noble se encargaba también de recibir primero a las visitas del rey para garantizar su seguridad y dar su consentimiento expreso de que podía mantener una entrevista con él. «Además, el “Hazapatis” de este regimiento servía también como consejero principal del rey. […] En consecuencia, se convirtió en la principal figura de la corte; y a medida que las intrigas palaciegas se hicieron más y más usuales, en los siglos V y IV a.C., se verán envueltas en muchas de ellas», añade Sekunda.

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