PÉRGAMO, LA CIUDAD HELENÍSTICA QUE QUISO COMPETIR CON ATENAS

Entre los siglos III y II a.C, durante la dinastía de los atálidas, Pérgamo gozó de su época de máximo esplendor. En ella se alzaron los templos helenísticos de mayor envergadura, como el altar de Zeus y el santuario de Atenea, que durante años fue motivo de disputa.

Recreación de la Acrópolis de Pérgamo

Ubicada en la actual Turquía, justo enfrente de la isla de Lesbos, Pérgamo guarda en su antigua acrópolis las ruinas de las antiguas construcciones que la hicieron situarse como una de las urbes más brillantes y poderosas del imperio de los atálidas. Fue durante los siglos III y II a.C, cuando lo tenía todo: una rica industria de manufacturas de pergamino, una buena situación geográfica dentro de la ruta del comercio marítimo del Mediterráneo y unas infraestructuras suficientemente amplias como para acoger a los artistas helenos que buscaban nuevos horizontes donde desarrollar su arte más allá del estilo clásico. Pérgamo ansiaba ser la nueva Atenas de Pericles.

Tras la muerte de Alejandro Magno, en el año 323 a.C, el imperio quedó totalmente fragmentado. El poder comenzó a dividirse en pequeños reinos, siendo las ciudades de  Alejandría, Antioquía o Pérgamo las que empezaron a ganar peso. Al frente de esta última se sitúa Filetero, el primero de la dinastía atálida a quien Lisímaco confió la ciudad legándole un tesoro. Aunque en sus inicios estuvo bajo el control seléucida, con la derrota de Seleuco, Filetero tuvo total autonomía para expandir su poder e iniciar la majestuosa obra con la que Pérgamo quedaría señalada en el mapa.

El lugar escogido para levantar la acrópolis fue un premonitorio sobre el valle del río Selinus, a 335 metros sobre el nivel del mar. Las pendientes del terreno propiciaron que la ciudad estuviera escalonada, aunque para optimizar sus vistas y el espacio de sus edificios se levantaron terrazas artificiales en ella. Esta obra de ingeniería supuso una revolución en la arquitectura de la época, ya que era la primera vez que se buscaba la integración de la ciudad en su paisaje. El resultado fue una polis de tres niveles que se fue completando durante los cuarenta años del gobierno de Filetero y con la aportación de sus sucesores.

La parte más alta de Pérgamo estaba destinada a la vida religiosa, residencial y militar. Filetero la consagró a la diosa Atenea, la victoriosa diosa guerrera cuyo santuario ocupó el centro de su explanada. En sus alrededores levantó su palacio, así como las diferentes dependencias donde vivirían los soldados. La joya más preciada de Pérgamo, la biblioteca, fue obra de Atalo I, el tercer rey de la dinastía. Los atálidas eran bibliógrafos y siempre habían mostrado una gran preocupación por la cultura. Este hecho les llevó a coleccionar más de 200.000 títulos, muchos de ellos de la época de Eumenes II, que años más tarde Marco Antonio se llevaría como regalo de bodas a Cleopatra. La mayoría de los textos fueron copiados en pergaminos, creando así una gran industria de exportación.

La biblioteca de Pérgamo fue la segunda más grande e importante del mundo antiguo, solo superada por la de Alejandría. Sus interiores también sirvieron como escuela para estudios gramaticales, aunque enfocados a la filosofía estoica. Este auge cultural, sumado a la riqueza de su industria, atrajo a numerosos artistas dispuestos a cambiar el estilo clásico griego por las influencias que Alejandro Magno había dejado antes de su muerte. La ruptura arquitectónica quedó reflejada en el afamado altar de Zeus, construido durante los años 180 y 160 a.C bajo el reinado de Eumenes II. Este monumento constituye una de las obras helenísticas más importantes de su tiempo. Entre sus particularidades destaca su friso, que en vez de haber sido esculpido en lo alto del edificio como en el estilo clásico, se situó en el zócalo de la columnata para que pudiera ser contemplado al detalle. En él se representa una gigantomaquia, la batalla entre los dioses olímpicos y los titanes, pues es una alegoría del triunfo de las nuevas dinastías helenísticas sobre las antiguas polis griegas.

En su mejor época, la ciudad de Pérgamo llegó a albergar hasta 60.000 habitantes. Contaban con el teatro más grande del mundo, con capacidad de hasta 10.000 espectadores, y con una terraza desde donde se obtenían las mejores vistas del valle. En uno de sus laterales se ubicaba el templo dedicado a Dioniso; mientras que la parte más alta estaba coronada por el de Trajano. La ciudad media albergaba los gimnasios, además del santuario de Deméter. Su parte más llana, ocupada por la actual ciudad de Bérgamo, estuvo destinada a los barrios residenciales. Tras pasar por varias manos, su último rey, Atalo III, legó Pérgamo a los romanos, quienes la convirtieron en la capital de su imperio en Asia Menor para controlar el Egeo. Su decadencia no llegó hasta años después, cuando Tiberio Sempronio Graco propuso repartir los tesoros de Pérgamo entre los romanos. El Senado rechazó la oferta y, a la muerte de Graco, la ciudad sufrió varias revueltas que le hicieron perder parte de su patrimonio.

Occidente no descubrió el altar de Zeus hasta el siglo XIX, momento en el que arqueólogos alemanes lo compraron a los otomanos por un precio irrisorio. Su incalculable valor fue objeto de disputas. Stalin se hizo con él durante la Segunda Guerra Mundial y no fue hasta 1959 cuando fue devuelto a Alemania como pieza clave del Museo de Pérgamo, situado en la isla de los museos de Berlín.

National Geographic