LAMENTO DE DIDO

El llamado "Lamento de Dido" ("When I am laid in earth" ) es quizás la pieza más hermosa de la ópera barroca Dido y Eneas compuesta por el inglés Henry Purcell en 1689 a partir del libreto de Nahum Tate, que, a su vez, lo había escrito a petición de Josiah Priest, profesor de baile que también dirigía una escuela de señoritas en Chelsea, ciudad en la que la ópera fue estrenada.

El argumento de la obra esta extraído de la Eneída de Virgilio, en concreto de los libros I-IV en los que se nos narra la llegada del héroe Eneas a las costas de Cartago y su desdichada historia de amor con la reina Dido.

Cuando el huesped troyano, al que la reina se ha entregado enteramente, abandona de noche la ciudad a instancias de los dioses, ella comprende que no quiere ni puede seguir viviendo. Engañando a su hermana, a sus sirvientes y a su doncella, la reina prepara una hoguera con las pertenencias de Eneas, entre ellas una espada que ha dejado abandonada tras su partida. Cuando el fuego comienza a destruir las huellas de su antiguo amor y el dolor de la pérdida se vuelve insoportable, toma en sus manos la espada que en otro tiempo le perteneciera y despidiéndose del mundo se da muerte con ella.

El aria, compuesta en forma de lamento, recoge el momento en el que, a punto de morir, Dido se despide de su doncella Belinda, pidiéndole que la recuerde pero que olvide su triste final.

La melodía principal a cargo de los violonchellos avanza lentamente a ritmo descendente, repitiéndose una y otra vez mientras se van incorporando los demás instrumentos. El ritmo recuerda el paso de una marcha fúnebre, pues con razón la repetición casi obsesiva de motivos descendentes y lentos es un recurso utilizado habitualmente por los compositores para representar el avance imparable de la muerte.

En este video el lamento es interpretado por la mezzosoprano Jessye Norman con la Orchestra of St. Luke’s dirigida por Jane Glover y forma parte del recital que ofreció en el Avery Fisher Hall de Nueva York en Abril de 1994.


LETRA

Recitativo
Thy hand, Belinda, darkness shades me,
On thy bosom let me rest,
More I would, but Death invades me;
Death is now a welcome guest.

Aria

When I am laid, am laid in earth, May my wrongs create
No trouble, no trouble in thy breast;(x2)
Remember me, but ah! forget my fate,(x2)
Remember me, remember me, but ah! forget my fate.(x2)
Recitativo
Tu mano, Belinda; la oscuridad me envuelve.
En tu seno déjame descansar.
Más quisiera, pero la muerte me invade;
La muerte es ahora una bienvenida visita.

Aria

Cuando yazga, yazga en la tierra, que mis errores
no causen cuitas a tu pecho; (x2)
Recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino; (x2)
Recuérdame, recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino. (x2)


PRÍAPO, EL DIOS MALDECIDO CON UN FALO GIGANTE

Príapo era una antigua divinidad grecoromana que se representaba como un pequeño hombre barbudo, normalmente un viejo, con un pene desproporcionadamente grande. Su mayor presencia estaba en el mundo rural, puesto que era el símbolo del instinto sexual, de la fecundidad masculina, y el protector de las huertas y jardines. En este sentido, la población rústica empleaba este deidad y sus representaciones como fórmula mágica para neutralizar el mal de ojo contra la envidia de las personas y para potenciar la sexualidad.

Los falos grandes eran motivo de burla entre las clases altas y los artistas del periodo. «Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestras vida fugaz como vanas, sombras o ensueños misteriosos», se burla de los cuerpos desproporcionados Aristófanes, autor de obras de teatro, en una de sus obras. No obstante, en otros grupos sociales, sobre todo en las regiones rurales, se destilaba la adoración a un dios grotesco de un enorme falo: Príapo, el dios que fue maldecido por los pecados de su madre.

Según la mitología griega, Príapo era hijo de Dionisio, dios del vino y el éxtasis, y de Afrodita, diosa de la belleza, el amor y el deseo. Esto es, el resultado de los dioses más desinhibidos del panteón clásico. No en vano, otras leyendas le achacan su paternidad a Hermes, Pan, Zeus e incluso Adonis. En esta versión, la diosa quedó embarazada de su antiguo amor durante uno de sus viajes a la India, sin que Dionisio lo supiera nunca. Como castigo por engañar al ingenuo de Dionisio, Hera –hermana y esposa del dios Zeus– castigó su falta de compromiso maldiciendo al fruto de su relación extramatrimonial.

A causa de los celos de Hera, Príapo fue condenado a tener su falo siempre en erección y, lo que es más grave para el dios del instinto sexual, a no poder reproducirse (otras versiones dicen que su maldición era a no ser amado por ninguna mujer). Hoy, de hecho, se denomina priapismo a la dolorosa enfermedad que provoca la permanente erección del pene sin apetito venéreo. Se considera que una persona sufre de priapismo cuando el pene se encuentra en un estado de erección sin estimulación física y psicológica durante un largo periodo (varias horas).

En la antigua Roma solía erigirse una estatua en honor a Príapo portando fruta entre sus ropas y una hoz en una de sus manos, mientras sus hinchados genitales permanecían en una posición erguida, cuya función principal era la de atraer la buena fortuna en las cosechas. Su presencia era bastante habitual en las zonas de influencia helenística como es el caso del sur del país. En unas excavaciones llevadas a cabo en la ciudad de Pompeya, los arqueólogos hallaron un grabado de Príapo en la «Casa de los Vettii», representado con su imponente erección sobresaliendo por debajo de su túnica.

La representación de este pene fue objeto de la investigación hace un año del doctor Francesco Maria Galassi, quien, tras observar el susodicho fresco se percató de que el «miembro viril tiene una fimosis patente. Más concretamente, una fimosis cerrada», apuntó el experto en declaraciones recogidas por «Live Science». A su vez, el experto remarcó lo sumamente extraño que le ha parecido hallar esta característica en una pintura dedicada a una deidad de la fecundidad. ¿Tal vez la fimosis también formaba parte de la maldición de Hera?

Pero Príapo no fue la única divinidad de carácter fálico en Roma, véase el caso también de Genius o Mutino Titino. Según cuenta Plinio el Viejo, el guardián protector del mal de ojo era en Roma el dios Fascino, una divinidad de forma fálica que formaba parte de los sacra que las Vestales se encargaban de proteger.

Tras la caída del Imperio romano, se produjo una cristianización del culto fálico a Príapo y al resto de deidades de este tipo. Santos como Cosme y Damián, Nicolás, Eutropio de Orange, San Faustino, San Fiacro mantuvieron elementos que recordaban lejanamente a Príapo. Ya en el Renacimiento, se hace mención a los conocidos como «dedos gordos del pie de San Cosme», que, en verdad, parecen todo menos dedos.

Extracto del artículo de ABC

UNA EMPERATRIZ ROMANA ENTRE SENADORES Y GLADIADORES

Mesalina ha pasado a la Historia como una manipuladora que convirtió la corte romana en un lupanar para ver satisfechos sus caprichos.

Un psicoterapeuta posiblemente habría dictaminado que Valeria Mesalina sufría de hipersexualidad, un trastorno que le provocaba una necesidad irresistible de mantener relaciones sexuales. Tampoco hay que descartar que, con su actitud, esta joven tratara de defender los derechos de su prole o que sencillamente se aburriera. En cualquier caso, ha pasado a la posteridad como una emperatriz lasciva y depravada. La historia, por supuesto, es más complicada. Mesalina era hijastra de un cónsul y estaba emparentada con la aristocracia imperial, una posición que pudo llamar la atención de su primo Tiberio Claudio, tío del emperador Calígula, que debido a su tartamudez y cojera no gozaba de gran prestigio.

Ya fuese por motivos políticos, económicos o sentimentales, Claudio se vio atraído por la muchacha, que a decir de algunos historiadores se comportaba de forma extraordinariamente sensual. Mesalina debía tener 15 años cuando contrajo matrimonio con su tullido esposo, que se acercaba a los 50 y había estado casado en dos ocasiones. Poco después alumbró a su hija Claudia Octavia y en 41 nació su vástago Tiberio Claudio Germánico, el mismo año en que una conjura acababa con la vida de Calígula, colocaba en el trono a su marido y, de paso, la convertía en la mujer más poderosa del Imperio Romano. Según la tradición, Mesalina aprovechó la circunstancia para colmar sus ambiciones. De ella se ha dicho que le gustaba organizar pantagruélicas fiestas que culminaban en orgías y, según el poeta de finales del siglo I Juvenal, cuando se sentía insatisfecha acudía a prostituirse a un burdel.

Las fuentes antiguas, como los historiadores Tácito y Suetonio, que vivieron poco después de su muerte, refuerzan esa imagen, añadiendo a su currículum amatorio todo tipo de infidelidades, que incluían senadores, actores, gladiadores y militares, a las que, supuestamente, era ajeno el Emperador. Es más, Claudio hizo erigir estatuas en su honor, le otorgó un asiento en el teatro junto a las vestales y ordenó que su cumpleaños fuera celebrado con un festival. El culmen de este despropósito queda reflejado en una anécdota muy comentada según la cual la emperatriz llegó a desafiar a Escila, una conocida ramera siciliana, a una especie de concurso sexual que consistía en acostarse con el mayor número de hombres durante una noche. Las cifras bailan, pero la relación viene a ser de 1 a 8 a favor de Mesalina, esto es, 25 frente a 200.

Sin embargo, fue su pasión la que propició su caída. Aprovechando que su esposo se encontraba en Ostia, decidió casarse con su amante, el senador Gayo Silio, con el que planeó asesinar a Claudio. Los libertos griegos del emperador denunciaron la conjura –y la bigamia– e incitaron la destrucción del amante de Mesalina y de la emperatriz, que fue ajusticiada por los pretorianos. Se dice que, al enterarse de la noticia durante la cena, Claudio se limitó a pedir más vino.

No está claro hasta qué punto el comportamiento de la soberana fue cierto o es el eco de una antigua campaña de desprestigio, pero aún hoy la Real Academia define “mesalina” como “mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas”.

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