ÍTACA, LA ISLA DE ULISES

Cada rincón de esta pequeña y abrupta isla jónica, abrazada por un mar helénico albo y celeste, está impregnado por la leyenda del legendario héroe homérico

Ithaki-VathyHablar de Ítaca supone una advertencia previa que no debe en absoluto considerarse baladí: no es conveniente que nadie vaya allí si no ha leído La Odisea. Y no porque los itacenses obliguen a los viajeros a llevarla aprendida y a recitarla nada más poner los pies en sus muelles. De hecho, es más que probable que la mayor parte de la población de la isla no conozca ni una sola línea del libro que ha hecho famosa en todo el mundo, y a lo largo y ancho de la Historia, a su pequeña patria.

Lo que sucede es que quien no haya leído las aventuras de Ulises, rey de Ítaca, no entenderá en absoluto en qué demonios puede emplear su tiempo en esa especie de duro pedrusco tirado sobre el mar, sin playas apenas, sin gastronomía especial, vino demasiado recio y que provoca ácidos, comida regular, ni museos ni restos arquitectónicos de antaño, ni sombras arqueológicas, ni bullicio de gentes en verano; y sí escasez de pesca, bosques escuálidos, algunos viñedos, unos pocos rebaños de cabras y ratones de monte.

LA NADA Y EL TODO

Además, de los tres o cuatro hoteles que hay en sus pueblitos, ninguno de ellos, que yo sepa, pasa de las tres estrellas. ¿Qué demonios hacer en un lugar en donde no hay nada que hacer y en donde, si cuentas con dinero, ni siquiera te puedes consolar con el lujo? El que vaya a Ítaca, pues, debe de ser consciente de que está llevando a cabo un viaje de contenido mítico, o dicho de otra manera: que se dirige a visitar uno de los templos de la literatura, una de las fuentes en donde surgió ese caudal hasta hoy inagotable del arte de la palabra, el espacio donde reinó el primer gran personaje dibujado en lengua escrita, el griego Odiseo, el truquista, inteligente, despiadado en ocasiones, y piadosos en otras, el corajudo y precavido Ulises.

En estas tierras tuvo su patria y aquí alzó su palacio, aquí murieron sus padres y nació su hijo Telémaco, de aquí salió rumbo a la guerra de Troya y a sus costas regresó veinte años después en busca de su esposa, Penélope —que le aguardaba haciendo calceta, como si tal cosa—, un retorno que sólo se produjo tras una década de combates junto a los muros de la ciudad enemiga y otros diez años navegando perdido por los latinos.Ulises fue el primer vagabundo de la literatura y en esta isla vino al mundo y creció. Ahí es nada.

EN BARCO

A Ítaca no puede llegarse nada más que por barco, como en los días de Ulises. Entre otras cosas porque no hay forma de hacer un aeropuerto en ninguna parte de la isla. Si se la contempla a ojo de pájaro, Ítaca tiene una forma de ocho, más o menos, con una estrecha cintura que parece a punto de partirse y convertir en dos islotes lo que hoy es un territorio unido. Hasta tal punto es menguada esa lengua de tierra que cuando uno viaja de sur a norte, o viceversa, por la única carretera que recorre la isla, se ve el mar por ambos lados, abajo de dos imponentes despeñaderos que producen vértigo. De modo que, para los itacenses, hay una Ítaca Norte y una Ítaca Sur. Abrupta, sin llanura, «buena para cabras, pero no para caballos», como escribía Homero en La Odisea, es imposible llegar allí por aire salvo que uno utilice un helicóptero.

Se puede alcanzar Ítaca desde dos de las islas vecinas del archipiélago Jónico, al que también pertenece la tierra de Ulises: desde Levkás, por el norte, y desde Cefalonia, por el oeste. Ambas cuentan con aeropuerto y ambas mantienen una línea de ferry diaria con Ítaca. Pero es más hermoso viajar desde la lejana ciudad de Patras, en el norte del Peloponeso, en un transbordador que a diario hace el recorrido a Cefalonia y luego a Ítaca, en más o menos cinco horas de tiempo.

Es un viaje de verdadero mar, de mar dulce y árido, de mar de cielos blancos y olas azules, un mar muy heleno, tan albo y tan celeste como los colores de la bandera griega. El barco suele partir de Patras cercana la hora del mediodía y alcanza Ítaca, tras la parada en Cefalonia, poco antes del atardecer. Cuando navegó por estas aguas hace más de sesenta años, el americano Henry Miller escribió, enamorado sin remedio del mar de los helenos: «El tiempo no existía, sólo existía yo». El ferry entre Patras y las islas del Jónico apenas es usado por los turistas y uno puede muy fácilmente entablar comunicación con los griegos que viajan a bordo: el pueblo heleno siempre ha sido enormemente comunicativo y curioso de los extranjeros.

Pero estamos en Ítaca, en la parte sur, y en su capital, que se llama Vathy. Allí vive la mayoría de los tres mil quinientos habitantes de la isla. No es un lugar particularmente hermoso, pero sí que es extraordinariamente atractivo. Vathy cierra, por tierra, un puerto natural que es una suerte de ensenada escondida, ancha y profunda, a la que se entra por un angosto brazo de mar. Es un puerto natural que ni pensado a propósito para protegerse de la furia del mar y de las incursiones de piratas o flotas enemigas. Ulises, el antiguo soberano de la isla —o «nuestro padre Odiseo», como gustan de decir los itacenses— sabía muy bien que gobernaba una patria tan pequeña como inexpugnable.

Vathy, como decimos, se tiende en el fondo de esa bahía y algunas de sus casas trepan hacia las alturas que protegen sus espaldas. Allá arriba está el monte Aeto, el techo de la isla, sobre cuya chepa dicen que vuela de cuando en cuando el águila de Zeus: pienso que, si no es verdad, está bien trovato. En sus muelles atracan unos pocos pesqueros de trasmallo, que capturan lo justo para el rancho en las esquilmadas aguas que rodean la isla, y ocasionales yates de lujo que sencillamente pasan una noche en el embarcadero de Vathy antes de largarse con el velamen a otra parte.

En la cinta del muelle que rodea el agua, hay dos o tres restaurantes de pescado, cuyo menú suele mantenerse a base de doradas de piscifactoría. También, en esa zona de la principal población insular, hay un par de hoteles de mediana calidad y justo precio, dos o tres terrazas y algunas tiendas de souvenirs. Yo creo que los hostales nunca están llenos al completo, ni siquiera en temporada alta, porque tengo la impresión de que, en la humilde Ítaca, no existen temporadas altas, medias o bajas.

VERSOS HOMÉRICOS

¿Y qué visitar en Ítaca? Lo dicho: nada de nada que pueda interesar desde un punto de vista de eso que llaman turístico. La isla apenas figura en las guías, salvo de pasada, y no tiene un sólo monumento del que preciarse. El gran arqueólogo alemán Heinrich Schliemann, descubridor de las ruinas de la Troya y de la Micenas homéricas, intentó encontrar el palacio de Ulises y abandonó el empeño después de clavar la piqueta, sin éxito, en varios lugares de la isla. Hay quien opina, de todos modos, que no fue cosa de mala suerte, sino que se impuso la pura lógica: Ítaca fue y es una tierra pobre, como ya señalaba Homero y como puede comprobar cualquier viajero de hoy en día, y por lo tanto su rey no podía permitirse el lujo de un gran palacio como residencia privada, sino de una casucha que fue, quizás, un poco mejor que la vivienda de su porquero, el humilde Eumero inmortalizado en los versos homéricos. Stavros, una localidad norteña del interior, y la segunda en número de habitantes después de Vathy, cuenta con un pequeño museo en el que se exhiben algunas piezas del periodo arcaico griego. El único objeto curioso entre los de la muestra es un pedazo de terracota en el que aparece escrito el nombre de Ulises, una prueba más, para los itacenses, de la autenticidad de su isla como patria del héroe viajero.

Porque ya se sabe lo que sucede con estas cosas: como Ítaca es pequeña y pobre, y ni siquiera cuenta con aeropuerto, los habitantes de las vecinas islas de Levkás y Cefalonia afirman, cada cual por su lado, que sus islas son la verdadera cuna de Ulises. Aseguran que, en los tiempos antiguos, el nombre de Ítaca era genérico para el archipiélago hoy llamado Jónico, y que por fuerza, la patria de uno de los grandes reyes aqueos que se agruparon alrededor de Agamenón para conquistar Troya, entre ellos Ulises, tenía que ser mucho más rica y más grande que la actual Ítaca.

PADRE ODISEO

¿Y qué dicen los itacenses? Muestran la terracota del museo de Stavros y se encogen de hombros. Y por si eso no bastara, muestran las descripciones que Homero hace en La Odisea sobre la patria de Ulises. Y ahí sí que no hay dudas: quien las lee, comprueba de inmediato que la Ítaca de ayer no puede ser otra que la Ítaca de hoy. «¿Es que nos les basta a los de Levkás —te dicen con guasa los itacenses— con que allí se suicidase Safo y a los de Cefalonia con que en su isla se rodara La mandolina del capitán Corelli? Sería más elegante por su parte no tocar a nuestro padre Odiseo».

Y poco más. Si uno quiere imaginarse el lugar donde desembarcó Ulises, al regreso de sus diez años de exilio, puede decidir, como afirman en la isla, que se trata de la pequeña ensenada de Dexia, unos kilómetros al norte de Vathy. Cerca, dicen, está la cueva en donde Ulises guardó los tesoros que le había regalado el rey Alcinoo en la cercana isla de Feacia. No sé... Uno puede soñar en todos lados con Ulises cuando transita su isla. Si hubiera un santo patrón de los viajeros, no habría otro como él. Y su figura podemos revivirla hoy en La Odisea, tan fresca como la dibujó Homero hace veintisiete siglos. Mejor, en cualquier caso, recordarla poniendo el pie en su isla. Porque a Ítaca, como escribía otro gran poeta griego, Constantino Cavafis, «has de tenerla siempre en la memoria».

JAVIER REVERTE

Javier Reverte es escritor y autor, entre otros, del libro Corazón de Ulises (Ed. El País Aguilar).

Fuente: Suplemento de viajes de El Mundo, Mayo de 2003, nº20