LEGIONES ROMANAS: LAS FRONTERAS DEL IMPERIO

Desde época temprana Roma puso en práctica el principio si vis pacem, para bellum ("si quieres la paz, prepárate para la guerra"). La historia de las legiones da fe de ello.


El Imperio romano, a lo largo de los prácticamente mil años de su existencia, tuvo como columna vertebral al ejército, y dentro de él a la unidad de combate sobre la que se organizó desde el principio: la legión. Desde sus mismos orígenes la vida de Roma se identificó con la actividad militar.

Fundada en torno al año 600 a.C. (bastante después de la fecha legendaria, 753, transmitida por los propios historiadores romanos), Roma se estructuró en varias clases en función del nivel económico de cada una y sobre todo de su capacidad militar.

En la primera fase de su historia la clase guerrera por antonomasia fue la aristocracia, pero con la instauración de la República (en torno a 500 a.C.) los deberes militares se ampliaron y el ejército adquirió un carácter más popular. Junto a la caballería, organizada en turmas, el manípulo (fusión de dos centurias de sesenta hombres) se convirtió en la principal formación de infantería, complementada por los triarios. Todos ellos configuraban la legión, que se componía así de un total de casi cinco mil combatientes.

En el siglo I a.C. se acentuó aún más el componente popular del ejército romano, gracias a las reformas de Mario, entre ellas la incorporación de los "proletarios". Al mismo tiempo, los legionarios se proveían del equipamiento defensivo unificado bajo el que han pasado a la historia: casco, malla, escudo oblongo, espada corta, jabalinas, y el estandarte con el águila. Las guerras de conquista de esos años acrecentaron el tamaño del ejército, hasta alcanzar un máximo de cincuenta legiones con un total de 300.000 combatientes.

Octavio Augusto, a principios del siglo I, redujo las legiones a una treintena, pero los efectivos no disminuyeron. De hecho, la importancia del ejército no hizo sino aumentar, dada la vital función de defensa de las fronteras del Imperio que tenían encomendada.

Las guerras contra los pueblos "bárbaros" fueron incesantes, sobre todo durante el siglo III, en el que casi todos los emperadores, elegidos en gran parte entre caudillos de la milicia, murieron en el campo de batalla.

Fuente: History National Geographic