LOS HOPLITAS GRIEGOS Y LA FORMACIÓN EN FALANGES

El auge de Grecia aportará en la guerra una alternativa a la separación entre soldados heroicos aristocráticos y la infantería anónima. Comienza así la era de la milicia ciudadana.

Las ciudades-estado de la antigua Grecia crearon una infantería pesada con sello propio: los hoplitas (de “hoplón”, que significa arma, escudo) eran ciudadanos-soldado armados, que combatían con lanzas y que combatieron contra los persas en el S.V a.C. y posteriormente en la guerra del Peloponeso. Eran considerados la mejor infantería de su tiempo y sirvieron en el gran ejército de Alejandro Magno.

El antiguo mundo griego comprendía la Grecia continental y se extendía por el Mediterráneo hasta Sicilia, el sur de Italia y más allá. Pese a su unidad cultural, las numerosas ciudades estado y sus colonias no tenían, entre ellas, unidad política. Aunque a veces se unían ante la amenaza del enemigo común, entraban con frecuencia en conflicto entre ellas. Tanto es así que la rivalidad entre Atenas y Esparta provocó la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.) Ésta empezó en un intento de Esparta de reducir el poder ateniense. Atenas se vio obligada a retar a la superioridad espartana en tierra y Esparta tuvo que enfrentarse a la superioridad ateniense en el mar. Cuando Esparta logró control en el mar, Atenas perdió la guerra. Las alianzas creadas por estas dos potencias en este periodo implicaron a casi todas las ciudades estado griegas, de modo que sus ciudadanos debían estar permanentemente en pie de guerra. Los hoplitas fueron quienes protagonizaron esta larga, casi constante y sangrienta lucha.

Ser hoplita era un privilegio –y un deber- para los ciudadanos plenos adultos. Tanto el ejército de Atenas como el de Esparta tenían similar equipamiento y tácticas. El hoplita llevaba una armadura de bronce, pesada y muy gruesa, que estaba formada por: una coraza, grebas para las piernas y un casco. Como armas portaba una espada de hierro, corta, una lanza larga y un gran escudo. Formaban en falange de ocho filas y el arma principal era la lanza.

Pese a tales semejanzas, la organización, y sobre todo la instrucción, eran completamente diferentes. Los hoplitas atenienses tenían una dedicación militar parcial y estaban menos entrenados. Al estilo servicio militar actual, abandonaban sus quehaceres habituales, civiles, a requerimiento del Estado. El equipamiento no solía ser completo, porque tenía un coste elevado que el hoplita no podía asumir.

Por lo tanto los ricos adquirían mejores armaduras completas, y algunos ciudadanos pobres no tenían ni armadura. Sócrates, por ejemplo, sirvió sin armadura. La instrucción militar formal ateniense era escasa.

Esparta, por su parte, era un estado totalmente militarizado. Sus ciudadanos, menores en número, tenían sometida a una población campesina, los ilotas. Éstos eran siervos, que no esclavos, del estado espartanos, y suponían una amenaza para la seguridad de los ciudadanos, porque al no tener condición de esclavos, como los de los atenienses, sí se sublevaban.

Por tanto, todos los ciudadanos varones de Esparta eran entrenados militarmente desde la infancia. Desde jóvenes eran sometidos a un duro entrenamiento militar. Se les exponía a los elementos, pasaban el invierno descalzos y con escasa ropa, y si fallaban las pruebas de valor, eran castigados. Al cumplir 20 años eran asignados a un barracón y permanecían apartados de las mujeres hasta los 30. Tenían cadena de mando coherente, tenían “marchas militares”, realizaban maniobras militares relativamente complejas sin perder la formación.

Los atenienses, por su parte, eran famosos por su habilidad en el mar. Tenían naves veloces y ligeras, al mando de un capitán que solía ser un ciudadano de alto nivel adquisitivo. El capitán reclutaba y pagaba a su formación, remeros en su mayor parte.

Para cada batalla, reunían una flota de un centenar de barcos, así que necesitaban una gran cantidad de hombres. Completaban sus filas con mercenarios y esclavos. Cada nave contaba con diez infantes de marina y cuatro arqueros. Las naves llevaban suministros para tres días, y tenían en su estructura, concretamente en la proa, un pesado espolón de bronce que usaban para embestir al enemigo por el flanco, mientras los arqueros lanzaban flechas y jabalinas. Una vez embestido e inutilizado el barco enemigo, la infantería abordaba la nave y luchaba cuerpo a cuerpo con lanzas y hachas.

Los espartanos, en tierra, se disponían en falanges frente a frente, y con multitud de tropas ligeras hostigaban al enemigo a base de piedras, jabalinas y flechas. Avanzaban con un escudo embarazo en el antebrazo izquierdo y la lanza en la mano derecha. Cantaban al avanzar, para evitar el miedo e infligirlo a sus enemigos.

Cerca del enemigo se lanzaban a la carga, corriendo, chocando sus escudos contra los escudos del enemigo y buscando los huecos para ensartar sus lanzas, hasta que una de las dos falanges, la de ellos o la contraria, cedía y se rompía la formación.

Los grandes ejércitos persas invadieron Grecia en dos ocasiones. En la primera, sobre el 490 a.C., los hoplitas atenienses se enfrentaron a un ejército persa mucho mayor que el suyo. Pese a la inferioridad numérica, cargaron contra ellos. Los persas dependían de arqueros, caballería y carros, pero su infantería era menos agresiva, y los atenienses lograron penetrar en los flancos y les hicieron huir.

En la segunda invasión tuvo lugar la famosa batalla contra los 300 espartanos en las Termópilas. Esta operación pretendía ganar tiempo, que sirvió para que la flota persa sufriera la derrota de Salamina, y un año después espartanos y atenienses, mano a mano, vencieron en las batallas de Platea y Micala. Cinco mil hoplitas espartanos y 800 arqueros atenienses contribuyeron a tal victoria.

El triunfo de Alejandro Magno en Macedonia sobre los persas, entre el 334 y 323 a.C., supuso una hazaña sin parangón que resultó el inicio de un imperio, que abarcaría los territorios entre Grecia y Egipto hasta la India. Gracias al ejército que había heredado de su padre, Filipo, con una preparada infantería, una caballería imponente y fuerzas ligeras auxiliares, Alejandro Magno hizo la guerra en nombre de toda Grecia, Mesopotamia incluida. Lideraba desde el frente, y creía en la imagen que se había creado de héroe casi divino descendiente de Aquiles. Después de conquistar Persia, adoptó algunas costumbres autóctonas e incorporó persas en su ejército, lo que le supuso problemas con sus compañeros macedonios. Cometió un error, volver a Persia a través del desierto, donde perdió un gran número de hombres.

En su ejército los hoplitas, que ya tenían un carácter más profesional, tenían un papel fundamental, sí, pero secundario. Su cuerpo de élite fue la caballería. La táctica de falange y lanza se mantuvo vigente hasta que los ejércitos griegos entraron en conflicto con una emergente Roma en el S.II a.C. En la batalla de Pidna, en el año 168 a.C. los romanos tuvieron la buena idea de dirigir a los griegos a terrenos accidentados, en contraste con las zonas llanas donde los hoplitas preferían luchar.

Provocaron así una ruptura en la formación de los macedonios que les perseguían, y estos fueron aniquilados por las espadas romanas. Nacía así una nueva etapa en la Infantería, los legionarios romanos, que protagonizarán el siguiente capítulo de la Guerra en la Historia.
Laura Martín en Gaceta.es