EL CALZADO DE LOS ROMANOS: DE LA BOTA A LA SANDALIA

Una joven se ata sus calcei en el vestuario de unas termas.
Óleo por Lawrence Alma-Tadema. 1886.
En la antigua Roma era fácil conocer a primera vista a qué clase social pertenecía alguien por el vestido que llevaba e incluso por su peinado. También el calzado era un signo externo de estatus. Patricios y plebeyos, cónsules y senadores, civiles y soldados se distinguían por el tipo de calzado que llevaban, al menos en público.

Desde el principio, el calzado romano de uso común se caracterizó por fijarse siempre al tobillo, pero dentro de esos rasgos generales hubo una gran variedad de tipos, desde botas y zapatos hasta sandalias de toda clase. La mayoría fueron adaptaciones de los calzados utilizados por etruscos y griegos, aunque los romanos terminaron por apropiárselos y convertirlos en una de sus señas de identidad. En líneas generales, en Roma existieron tres tipos de calzado: las sandalias, los zapatos y las botas.

Las primeras fueron adoptadas por los romanos del mundo griego. Llamadas en latín soleae, consistían en una simple suela de cuero unida al pie por suaves lazos o cordones, también fabricados en cuero. La forma de estos cordones podía variar, pero como norma general la mayor parte del pie permanecía descubierta. El espesor de la sandalia variaba en función de las condiciones climáticas, siendo muy frecuentes las sandalias reforzadas y acolchadas en los ambientes más fríos. Otras sandalias de tradición griega eran las crepidae, unas zapatillas con suela de madera y con correas de cuero que se pasaban entre los dedos y que se podían atar de diferentes maneras. De hecho, las soleae y las crepidae a menudo se confundían entre sí.

Sarcófago del zapatero
Lucio Atilio Artemate
Las sandalias eran, sin lugar a dudas, un calzado cómodo, ideal para estar en casa. Pero estaba mal visto llevarlas en público. Los romanos celosos de las tradiciones nacionales consideraban que era un ejemplo de la corruptora influencia griega, un signo de informalidad (como hoy lo sería salir a la calle con pantuflas) o de pérdida de estatus, pues llevar descubierto el empeine se parecía mucho a ir descalzo, algo que era propio de los esclavos. Otros decían que era un calzado propio de enfermos y viejos. Sin ir más lejos, a personajes como Escipión el Africano o Marco Antonio los criticaron por vestirse con la túnica griega (pallium) y calzar crepidae. Sin embargo, durante el Imperio la moda de las sandalias griegas se difundió ampliamente; Tiberio, Germánico y Calígula se presentaban en público con sandalias, e incluso aparecían representados con ellas en las esculturas. Algunos elegantes hasta adornaban con joyas las correas de sus sandalias. A los banquetes privados sí se podía ir con sandalias, al menos si se iba en litera (lectica); antes de entrar en el comedor, el invitado hacía que sus esclavos le quitaran las soleae y las pedía al marcharse. Por esto, la expresión soleas poscere, «pedir las sandalias», acabó significando «prepararse para partir». Un tipo de sandalia muy concreto era el solo alto o coturno, provista de una plataforma y usada por los actores.

El calzado por excelencia de los ciudadanos romanos fue el calceus (en plural, calcei). Parecido a un mocasín, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras de cuero en el tobillo o la pierna. Hay que tener en cuenta que los romanos no usaban calcetines ni medias, aunque las gentes humildes seguramente se resguardaban del frío con prendas de lino y de lana. Los calcei eran un calzado pesado y no demasiado cómodo, pero su uso era obligatorio, como el de la toga, para todo ciudadano que salía al exterior. En cambio, estaba totalmente prohibido llevar calcei a los esclavos.

Calzados: pero, calceus, calceus patricius, caligae y soleae
Existían varios tipos de calceus según la categoría social de cada ciudadano, que se distinguían, entre otros aspectos, por su color. El calceus senatorius, propio de los senadores, estaba hecho con piel tintada de negro (nigris pellibus). Se distinguía por la suela gruesa con tacón (calx) y porque estaba sujeto con cuatro correas que partían de la suela, llegaban hasta la mitad de la tibia y se ataban en el empeine. Algunos llevan un singular adorno de marfil o plata, en forma de pequeña luna creciente, llamada lunula («lunita»); indicaba que quien lo calzaba descendía de alguno de los cien linajes más antiguos de Roma, que integraron el Senado en tiempos de Rómulo. Según un testimonio de época bizantina, los cónsules llevaban calcei de color blanco. El poeta Marcial también se refería a un cónsul, llamado Cinna, que se preocupaba más por el color de sus zapatos que por la suciedad de su toga: «Llevando tú una toga más sucia que el estiércol y, en cambio, un calzado más blanco que la nieve recién caída, ¿por qué, inepto, tapas completamente tus pies dejando caer el manto? Recoge, Cinna, la toga: mira, se echa a perder el calzado».

Los patricios llevaban un tipo especial de calcei, los calcei patricii, zapatos muy llamativos por su color marrón oscuro. Aparte del color resulta difícil determinar las diferencias entre el calzado patricio y el senatorial. En todo caso, un edicto imperial del siglo III fijó los precios de unos y otros: los calcei senatorii valían 150 denarios, mientras que los calcei patricii costaban 100.

El calceus mulleus estaba reservado a las personalidades más elevadas del Estado romano, en particular al emperador. Eran de color púrpura y recibieron el nombre de mullei en alusión a la tonalidad que adquirían por haber extraído el pigmento de un caracol llamado mulleus. Por otro lado, se encontraban los calcei ripandi, unos zapatos de tradición etrusca con la punta realzada y ligeramente enroscada.

Los plebeyos también llevaban calcei, pero más burdos y baratos. La versión más simple y robusta utilizada por la plebe era el pero, un zapato sin tacón que cubría el tobillo, dejando libre la pierna, a diferencia de los calcei lujosos. Los más pobres y los esclavos solían usar viejos zapatos remendados. Juvenal, por ejemplo, se refería en una sátira a cierto pobre hombre que llevaba «un manto sucio y rasgado, una toga desgastada, un zapato roto, con un hilo que en más de un remiendo se descubre». Y Marcial dedica un epigrama a un caballero que de una posición de riqueza había caído en la pobreza: «Después de ello tu toga está mucho más sucia, tu manto es peor, tu calzado es de cuero remendado tres o cuatro veces». La gente humilde también podía llevar zuecos de corcho o de madera, los sculponeae, o bien sencillas sandalias confeccionadas únicamente con fibras vegetales, las baxae.

Paso de peatones en Herculano
En cuanto a las botas o caligae, similares en cierto modo a las sandalias, fueron utilizadas por los campesinos, por los jornaleros y, sobre todo, por los soldados; de ahí que a los militares se los conociera también como caligati. Excepto los oficiales de más alto rango, que para destacar entre sus hombres utilizaron los calcei, todos los soldados calzaron botas de cuero dotadas de anchos y firmes cordones que llegaban hasta los tobillos. Para proporcionar a este tipo de calzado una mayor tracción y resistencia, se clavaban en la suela casi un centenar de tachuelas de hierro o de cobre; experimentos modernos han demostrado que con este sistema las botas podían aguantar hasta mil kilómetros de marcha.

Los legionarios también podían utilizar las suelas claveteadas de sus botas para pisotear hasta la muerte a los enemigos caídos en la batalla. Por esta misma razón, llevar este tipo de botas por la ciudad podía dar lugar a incidentes desagradables; Juvenal, por ejemplo, se quejaba de que paseando por Roma «el barro me salpica, un zapato me pisa, un clavo de soldado se planta encima de uno de los dedos de mi pie». Suetonio, por su parte, explica que la guardia pretoriana de los emperadores utilizó una modalidad de bota sin clavos en la suela, las caligae speculatores, mucho más cómodas y silenciosas.

Fuente: History National Geographic