TEUTOBURGO: EL BOSQUE QUE ACABÓ CON LAS LEGIONES ROMANAS

La batalla puso en evidencia una de las escasas debilidades del ejército de Roma, su vulnerabilidad cuando no podían desplegarse en campo abierto. Murieron 20.000 soldados.

En una zona de complicada orografía, en lo más profundo de la actual Alemania, se extendía como una alfombra verde oscura, un bosque interminable, vasto y radicalmente enigmático, habida cuenta su incalculable extensión y las oscuras leyendas que hablaban de la voracidad de unos árboles vivos que no tenían consideración alguna hacia los bípedos que osaban entrar en sus dominios, a los cuales devoraban sin más contemplaciones. El bosque en cuestión alcanzaba (por comparación) a tener las dimensiones actuales de nuestra nación hermana, Portugal; esto es, aproximadamente unos cien mil kilómetros cuadrados y era literalmente impenetrable, tanto para la luz, como para los humanos. Hoy se reduce más o menos a la cadena montañosa boscosa de Teutoburgo, a unos 110 km de largo y unos 10 km de ancho, que no es poco.

Pero el bosque, en el año 9 de nuestra era, tuvo un súbito despertar, cobró vida, y abrió sus fauces para devorar en las siguientes 48 horas a cerca de 20.000 soldados romanos que, a pesar de las informaciones inquietantes que les suministraban sus exploradores, parecían muy confiados en sí mismos y en su reputación de invencibles. Algunas decenas de miles de guerreros germanos aguardaban hacía semanas, apostados en el silencio más absoluto, impecablemente camuflados en sacos de arpillera, mimetizada con barro y hojarasca de la que profusamente poblaba el suelo del tupido bosque como un manto continuo. Aguardaban pacientemente para intervenir en uno de los momentos más trágicos de la historia militar de la antigüedad y aplicar con severidad una venganza que ha pasado a los anales de la historia por lo escalofriantes detalles que se han ido revelando, mas allá de las crónicas de los escasos supervivientes de la brutal carnicería acontecida en sus entrañas.

Miles de pinos, robles y hayedos daban cobertura a los hábiles, feroces y curtidos guerreros que bajo la dirección del caudillo germano más famoso de la antigüedad, Arminio, aguardaban agazapados el paso de una enorme comitiva militar romana con órdenes precisas de generar tierra quemada, dar un escarmiento a los teutones y aplicar el horror a discreción. Pero el astuto guerrero alemán tenía otros planes más imaginativos para combatir con eficacia las probadas y exitosas tácticas legionarias.

Mientras, la columna romana avanzaba lentamente debido a la enorme cantidad de tropa comprimida en reducidos espacios de maniobra. Si a esto le añadimos el hándicap de la frenada lógica de la impedimenta y la logística que llevaba cada cuerpo legionario, y además le sumamos que circulaban por un territorio manifiestamente hostil y que el viento, la lluvia y el barro eran la tónica presente en el día a día de los expedicionarios, estaríamos describiendo un escenario con demasiadas resistencias no solo psicológicas, sino estratégicas, climáticas y de toda laya.

Escasos de tropas auxiliares —caballería, arqueros y honderos— para contestar eficazmente la fase inicial de un ataque y dar tiempo a las centurias a formar las famosas “tortugas”, las limitaciones y desventajas sumaban una masa crítica casi insuperable ante el ataque que se barruntaba. Todo lo que podían hacer era aferrarse a la esperanza de llegar a la fortaleza más próxima, en Aliso, cerca del río Lippe, a mitad de camino entre los ríos Weser y Rin.

De repente, la tormenta perfecta se desató. Un infierno de sonidos de una gravedad aterradora, reverberados por el eco profundo del bosque animado; unos instrumentales, producidos por el choque de las espadas o venablos contra los escudos propios, otros guturales, sostenidos en un griterío descomunal auguraban una de las más recordadas intervenciones del horror. Un Apocalipsis de flechas y dardos en medio de un rugido indescriptible salió vomitado de las lindes del bosque de Teutoburgo. Los hombres de Arminio cargaron contra la legión que comandaba el propio Varo tras lanzar en menos de un cuarto de hora cerca de veinte mil jabalinas y venablos, antes de entrar en un infernal cuerpo a cuerpo.

A pesar de que el primer ataque debió de haber sido terrorífico, los legionarios eran profesionales que difícilmente podían ser derrotados de un solo golpe. La primera legión retornó desde el noroeste y trató de reagruparse con los restos diseminados de las otras dos legiones que habían estado combatiendo todo el día sin tregua en una batalla de proporciones épicas y de una contundencia inusual.

Esa noche desapacible de un otoño entrante, azotados por vientos racheados, los restos de las tres legiones, se las arreglaron para apiñarse en un campamento provisional con una muy endeble fortificación, por no decir, harto inadecuada. Cuando amaneció, llovía y soplaba un viento cortante. Los hijos de Roma eran conscientes de que no vivirían un día más, y se prepararon para mejor morir. Mientras, los germanos recibían refuerzos incesantemente ante las perspectivas del ingente botín y esclavos que les deparaba la previsible derrota de las legiones de Varo.

El jefe de la caballería romana, en vez de morir con honor, huyó con su regimiento, con la vana esperanza de alcanzar el Rin y refugiarse en la otra orilla, pero pereció indefectiblemente durante la huida con los cerca de quinientos jinetes que le acompañaban. Varo, herido, era consciente de lo que le ocurriría si era capturado con vida. Para eludir la fatalidad, se apoyó contra su propia espada y con la convicción de los que saben lo que hacen, se atravesó el corazón limpiamente .Varios miembros de la alta oficialidad, siguieron el mismo camino. Dos generales quedarían al mando sin eludir el combate, cayendo honorablemente cuando los germanos entraron en tromba en el precario campamento.

Un joven oficial, Casio Querea, consiguió poner un poco de orden en aquel caos, y dirigió la huida de algunos legionarios, que escaparían amparados en la oscuridad de la noche, a través de los cuales ha llegado hasta nuestros días la historia del desastre. Se cree que la casi totalidad del contingente romano, unos 18.000 soldados, fueron muertos o masacrados en terribles sacrificios rituales en las entrañas del propio bosque de Teutoburgo. Otros 10.000 no combatientes, que incluían algunas tropas auxiliares, esclavos, comerciantes, mujeres y niños no tuvieron mejor suerte.

La moderna arqueología en su enorme labor detectivesca, hace mención clara a través de las pruebas de fotoluminiscencia de detalles indescriptibles. En las laderas de la colina de Kalkriese se ha documentado la localización de madres abrazadas a sus hijos en grupos amontonados, que al parecer fueron pasados por las armas sin más contemplaciones y sin respetar género ni edad. Asimismo y siguiendo la previsible huida hacia el sur de las diezmadas tropas de Varo, se han encontrado centenares de casos de aniquilaciones individuales, así como actos heroicos de formaciones de fortuna, o remedos de las eficaces tortugas con combatientes que intentaron organizarse para vender cara sus vidas ante aquel akelarre exterminador.

El historiador romano Suetonio señala que Augusto, emperador a la sazón, cayó en una profunda depresión que le introdujo un rictus irreversible y un profundo pesar del cual al parecer no se recuperaría nunca.

Seis años después, Julio César Germánico concibió la idea de ir con sus tropas a visitar el lugar de la batalla para dar sepultura y tributar honores a los caídos. Los azares de la guerra y el destino de los hombres, inspirarían a Tácito hermosos y sentidos versos sobre aquella terrible masacre. Germánico y sus tropas, se encontrarían restos de miles de cabezas humanas clavadas en troncos de árboles. Los bosques cercanos estaban poblados de improvisados altares, junto a los cuales se habían sacrificado a los tribunos, centuriones y decuriones. El escenario era desolador, por no decir dantesco.

Hacia 1987, un arqueólogo británico, Anthony Clunn, hallaría 162 denarios y tres bolas de plomo del tipo usado en las hondas del ejército romano. Posteriores investigaciones a cargo de arqueólogos experimentados conducidos por Wolfgang Schlüter llevaron a conclusiones convincentes en el sentido de que la batalla tuvo lugar al norte de la colina Kalkriese, entre los pueblos de Engter y Venne, en el borde norte del bosque de Teutoburgo, 30 km al norte de la ciudad de Osnabrück, a unos 200 kilómetros de Colonia, lugar hoy ampliamente aceptado por la comunidad arqueológica.

La batalla del bosque Teutoburgo puso en evidencia una de las escasas debilidades tácticas de las legiones romanas, que no era otra que su vulnerabilidad cuando no podían desplegarse en campo abierto. En los espacios cerrados las formaciones romanas perdían sus mejores cualidades: su disciplinada formación, y su flexibilidad táctica.

Varo pagó cara su osadía. Su expedición de castigo venía derivada por una subida de impuestos que a los rubicundos teutones les pareció excesiva. Ironías de la vida.

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