EN LA ANTIGUA ROMA YA EXISTÍAN EVENTOS PATROCINADOS

En la época clásica de Roma la ciudad se veía cubierta de Edictas, carteles como los que hoy anuncian conciertos, con las fechas y tipos de espectáculos que tendrían lugar en el teatro, circo y anfiteatro próximamente. Esta programación era tema comentado por todos los romanos, y hasta el diario Acta Diurna publicaba reseñas y críticas de los espectáculos, tal como se hace hoy en día. El pueblo romano llegó a disfrutar de hasta 175 festivos al año, es decir, uno de cada dos días era festivo. Los motivos para celebrar solían ser religiosos y las celebraciones eran pagadas habitualmente por el césar. Cada nuevo césar inventaba nuevos festivos a fin de tener contento al pueblo, crear nuevos días de fiesta era una de las herramientas para dominar a la gran población de la capital del Imperio y mantenerla a su favor. Teniendo a la gente distraída y bien alimentada había menos quejas contra la gestión del gobernante, se acallaban revueltas y se mejoraba la imagen de los políticos de cara a los ciudadanos. Todos quería impresionar con sus espectáculos y que quedaran en el recuerdo de los ciudadanos. Así por ejemplo, para la posteridad ha quedado que el emperador Tito terminó de construir el Coliseo y dejó boquiabierta a Roma en su inauguración gracias a los espectáculos que preparó, que incluyeron diez mil bestias (toros, leones, panteras, elefantes…), representaciones mitológicas, combates de gladiadores, etc. Augusto ofreció un espectáculo en su momento que duró ocho días seguidos y en el que participaron diez mil gladiadores, y donde hubo vino y carne asada para todos los asistentes. Todo gratis para el pueblo romano.

No solo era importante la magnanimidad del evento y su gratuidad para afirmar el favor del pueblo, también en estas fiestas era importante la presencia física del césar, era una forma de mostrarlo cercano a los ciudadanos. Se situaba a la vista de todos viendo el espectáculo con ellos: al aparecer en el palco, todo el anfiteatro, teatro o circo se levantaba para aclamarlo. En estas ocasiones el pueblo también tenía permitido hacer peticiones y formular quejas, por ejemplo pedir la destitución de algún jurista, igual que hoy se hace a voz en grito en los estadios de fútbol con los entrenadores. Se acercaba la imagen del césar al pueblo, se le hace cercano, afable, benefactor… Octavio Augusto fue el que mejor manejaba esta técnica de las relaciones públicas, dejándose ver hablando con legionarios retirados, prestando atención en los espectáculos o paseando por el foro entre los ciudadanos y mostrándose interesado en sus problemas.

Pronto no sólo los políticos sino también los comerciantes importantes vieron que el patrocinio de eventos era una forma de lograr el reconocimiento y buena imagen ante la población, y así muchas obras representadas en el teatro o espectáculos en el anfiteatro eran “patrocinados”, es decir pagados, por ciudadanos que querían que sus actividades fueran más conocidas en la ciudad. Así por ejemplo un vendedor de pieles podía patrocinar una lucha de gladiadores y por ello tenía derecho a sentarse en el palco destinado al patrocinador, llamado Editoris Tribunal, donde se sentaría entre personajes importantes de la ciudad como el pretor y los cónsules. Así podría dejarse ver ante la multitud, lucir su producto y también dejar que la gente conociera que era el vendedor de pieles con más surtido de toda Roma, con pieles lujosas e importadas desde los confines del imperio, y con poder suficiente como para poder costear un espectáculo de calidad.

Fuente: HIMARKETING