En el este de Francia, un nuevo sitio turístico recuerda una batalla decisiva entre galos y romanos que forjaría parte del destino de Europa: las huestes de César lograron la victoria, a pesar de sus irreductibles rivales, comenzando así una historia de más de veinte siglos que hoy se puede revivir en el moderno museo de Alésia.
Los dos únicos lugares claramente vinculados con esta página de la historia se encuentran en el este de Francia: son los sitios de Gergovie y Alésia, donde se libraron las dos principales batallas de aquella guerra. El primero está cerca de la actual Clermont-Ferrand, en el centro del país, y vio una primera victoria de los galos sobre los romanos. El segundo está cerca de Dijon, pero esta vez asistió a la rendición de Vercingétorix frente a César, una derrota que selló el destino de las Galias durante siglos. El interior del Centro de Interpretación, con vista a la colina de la histórica batalla.
UNA CLASE DE HISTORIA
Por las dudas, no hay que buscar Alésia en un mapa; o bien hay que hacerlo en un mapa del primer siglo antes de nuestra era. Hoy día el lugar se llama Alise-Sainte-Reine y se llega fácilmente en tren o por la red de autopistas entre París y el este francés. Una vez en las cercanías, es imposible no ver la gigantesca estatua de Vercingétorix que domina toda la comarca. Y desde el mes de marzo, se sumó a la visita un museo-parque basado en las batallas y el mundo galo y romano.
Para este viaje no hay que abrocharse el cinturón, sino ceñirse uno a la antigua usanza gala y retroceder hasta los albores de nuestra era. Alesia era un “oppidum”, una plaza fuerte que fue asediada por los legionarios. El MuseoParc –tal es su nombre oficial– es una gran construcción circular que recrea una empalizada, recordando una típica fortificación. Enfrente se reconstruyó también el cerco de troncos y torres que construyeron los romanos para encerrar a sus enemigos. Para la nueva atracción no se escatimaron gastos: el museo en sí tiene más de 6600 metros cuadrados de superficie, más de 15 m de altura y costó 27 millones de euros. El resultado es una clase de historia a cielo abierto. Más seria que una visita al Parc Astérix, que se encuentra en las afueras de París y parece recrear una vez más la historia del pequeño parque galo que resiste al gigantesco complejo de Disney, también en las cercanías de la capital francesa.
Alésia parecía el lugar ideal para una victoria rápida. Los galos llegaron hasta allí luego de su victoria en Gergovie: desde esta colina que se eleva hasta unos 40 metros sobre la llanura, protegida por barrancos, podían vigilar los movimientos de los legionarios. Eran 45.000 en total. Una ciudad entera, compuesta por soldados que venían de todo el imperio, desde Oriente hasta el norte de Africa. El mundo entero, tal como se lo conocía en la época, se dio cita al pie de la colina de Alésia. Hoy día se le da el nombre pomposo de “monte”, Mont Auxois. Es uno de esos relieves, al modo de la película inglesa, que entró en la historia como colina y terminó siendo montaña. Desde hace varias décadas, la colina-monte se ve realzada por una gigantesca estatua de cobre de Vercingétorix, un gigante de seis metros de altura.
VERCINGETORIX
Pero la historia es más antigua: ya desde los tiempos de Napoleón III, a mediados del siglo XIX, se llevaron a cabo excavaciones en Alise-Sainte-Reine para reavivar la llama de este primer héroe nacional francés, en tiempos de un nacionalismo exacerbado. Los tiempos cambiaron, pero la figura del rey galo no cedió terreno y sigue siendo hoy día el símbolo de los lejanos ancestros que reivindican los franceses.
El centro de interpretación protege los vestigios del sitio. Su visita continúa con las construcciones exteriores: las fortificaciones y el campo romano. Actores en trajes de época enseñan cómo se usaban las armas y los dispositivos de asedio. Lejos de la polémica sobre los romanos en traje de centurión que coparon los alrededores del Coliseo en Roma, y en estos días están siendo polémicamente alejados del anfiteatro, estos “romanos” cumplen un papel más didáctico que folklórico.
Dentro de unos años, el museo se habrá completado con otro que trazará la historia del pueblo vecino de Alésia, desde los tiempos galos hasta el siglo XIX. Desde su pedestal, el gigante bigotudo a quien se honra como si hubiera triunfado en lugar de haber sido derrotado contempla esta llanura que apenas cambió a lo largo de los siglos. El TGV, el tren de alta velocidad, dejó sus huellas, pero los bosques y los campos pulcramente cultivados le dan al paisaje el mismo aspecto. La construcción en cilindro y las fortificaciones de madera son como un lifting que rejuvenece el panorama más de 2000 años... Y si la región de Dijon ya era famosa por su mostaza, su arquitectura y su gastronomía, ahora lo será también por sus galos y sus romanos.
Fuente: Página 12.com
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